Exigencias de la fe (sobre “Termidor” de Abdennur Prado)

Avez-vous vu Théroigne, amante du carnage,
Excitant à l’assaut un peuple sans souliers
La joue et l’oeil en feu, jouant son personnage
Et montant, sabre au poing, les royaux escaliers?
[...]
Devant les suppliants sait mettre les armes
Et son coeur, ravagé par la flamme, a toujours
Pour qui s’en montre digne, un réservoir de larmes.

Ch. Baudelaire, Les Fleurs du Mal, Sisina, LIX.

El último poema de Abdennur Prado – “Termidor (Baudelaire siglo XXI)”- marca una crispación saludable y un punto de inflexión irreversible en su ya rica escritura lírica y ensayística, sin duda una de las más relevantes en el panorama centrifugado de la cultura en España. El título es quizá lo que puede permitirnos explicar más evidentemente por qué esta oda paralitúrgica irrumpe de forma tan significativa en la incipiente poesía islámica contemporánea en español. La mención explícita a Baudelaire señala que nos encontramos ante un mapa intertextual que pronto engloba, más allá del marco islámico de partida, no sólo al autor de Las flores del mal, sino a Rimbaud, Mallarmé, Ducasse -Los cantos del Maldoror- y Artaud, y si mi intuición no me engaña demasiado, Cernuda, Buñuel -El perro andaluz-, Lorca y Leopoldo María Panero. Asimismo, podemos concretar a qué poema alude “Termidor”, el mes de la Revolución Francesa asociado al terror, a la propia irreversibilidad de la revolución: creo pensar que se trata del poema LIX, Sisila, donde Baudelaire rinde un profundo homenaje a Théroigne de Méricourt, una feminista avant la lettre que no dudó en coger el sable contra la monarquía. Tal una nueva musa, Abdennur Prado la invoca y revisita así las raíces del movimiento feminista, siendo él mismo actualmente uno de los exponentes más renovadores del pensamiento feminista contemporáneo, y quizás responde veladamente -exquisita educación- al auge de la restauración conservadora en el espectáculo religioso occidental, v. g. la encíclica antimoderna del Papa Benedicto XVI, que sataniza sin complejos el fondo liberador de la Ilustración y su ejecución real en la Revolución Francesa. En el soneto de Baudelaire, la sanguinaria feminista tiene en el corazón “para quien se muestra digno de recibirlo, una reserva de lágrimas”.
Esta valiente mujer obtiene en el fondo de su corazón una compasión que la diferencia definitivamente de la crueldad ciega del Antiguo Régimen. Baudelaire rinde así tributo a la ruptura de la libertad, que el poeta francés veía ya en su tiempo amenazada por una más insidiosa tiranía: el tedio, la indiferencia del hombre apagado y paralizado por el mundo. Baudelaire nos llama a rebelarnos siempre, y creo que ese imperativo es el mismo que articula, con la reiterada fórmula “Hay que . . .” -guiño quizás al “Hay que ser absolutamente moderno” de las Iluminaciones de Rimbaud-, todo el poema de Abdennur. Por supuesto, esta articulación en torno a las exigencias de la fe (“aprender a a amar”, “matar a dios”, etc.), está supeditada a una exposición más conceptual de la clásica dialéctica islámica entre dunyâ, inmediatez, y dîn, deuda, o, si se prefiere, entre gesto exteriorizado y compromiso nuclear.
El poema, de hecho, no comienza sino con el cuestionamiento retórico de la ruptura, tratándose ésta no sólo de la libertad antedicha, sino también de “la ruptura sin forma pugnando por salir”, la natural adoración al Misericordioso. La libertad tan celebrada puede quedarse en mera voluptuosidad, “dulcemente entregada a la moneda”. Así el poeta pide desde el principio dejar paso a la fitra -”el hombre antes del hombre”-, que se entregue a sí mismo por su secreto, la oscura adoración sin límites. El crescendo en nueve párrafos, etapas de una “catarsis” sensorial por las moradas de la “antesala” mundanal, -así la risa, la adulación, la apariencia, el mismo tedio-, culmina ya en una coda final rotunda donde, a mi modo de ver, el poeta ordena a su propia escritura asumir un nihilismo liberador y comprometido con la verdad.
Los registros del esoterismo sufí están entremezclados con las poéticas desencantadas y corporales, como para evitar el falso escape de un idealismo humanista. Mientras, la alquimia del verbo produce constantes paranomasias, “cediese, diese” “cacería del sentido, sinsentido [...] carcelario”, “parlamento y lamento”, que intensifican la plasticidad de las imágenes sucesivas. La acumulación de señales va engarzando así el discurso en la riqueza metafórica de la poética mística, la que alcanza la aniquilación, anunciada por el terror en la propia imagen de nuestra ceguera espiritual. Por todo ello, me atrevo a considerar que el poeta asume ya que la belleza no viene de la placidez contemplativa, sino de la incursión bélica en nuestra psyqué narcotizada. En este sentido, este poema es un hito frente a las propuestas poéticas más cristalizadas del islam en español; pienso en las voces singulares de Mehdi Flores, Saleh Paladini, Ahmed Munir o Clara Janés, que en mayor o en menor medida pronuncian el islam formalmente, pero sin llegar tan lejos en la adoración oscura que exige la rebeldía ante el espejismo del mundo tras el 11 de Septiembre.

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