lecturas y ritmos (VII)

Acabé ayer la gran novela Les Bienveillantes, de Jonathan Littell. No he comprobado aún si la traducción española es buena, pero espero hacerlo algún día.  Esta novela se va a convertir en un clásico, porque reúne todos los ingredientes. Es una obra ambiciosa en un panorama literario un tanto vacío, aborda unos temas que son al mismo tiempo de cultura general y de ética, es una novela neoclásica con poco experimentación formal pero desbordante de imaginación y de esfuerzo, y está tan bien documentada como el mejor ensayo, ya sea Eichmann en Jerusalem , de Hannah Arendt, o Eros y Thanatos, de Herbert Marcuse.

Las críticas francesas cuando salió hace más de un año incidieron en el objetivo del autor. Las más duras, como las de Chévènement y Lanzmann, plantearon dudas sobre la mirada del narrador, que al fin y al cabo es un ser monstruoso, o sobre el resultado a la larga en la cultura de la sustitución de la mirada de las víctimas por la del verdugo. Yo veo la valentía de renovar esa mirada, que precisamente sufría al ser monopolizada por las víctimas precisamente mudas –Lo que queda de Auschwitz, de Giorgio Agamben (gracias, Abdennur, por la recomendación)-,  y desafiar a cada uno de nosotros que ya creía saber, que ya creía haber visto lo que pasó. Ninguna crítica -salvo Jack-Alain Léger, un tanto injustamente, en Ce soir ou jamais!- despreció la obra literaria en sí, pero yo quiero precisamente subrayar la magia de los personajes que crea, de las situaciones, hasta de las más inverosímiles, y cómo se dosifica el delirio con las etapas de enfermedad mental, dándole un marco que evita un surrealismo esclavizador del relato. Porque se trata, al fin y al cabo, de un minucioso relato, preciso como la historia, y rotundo como un viaje infernal.

Hoy en cambio he leído un ensayo de Jean Baudrillard, El complot del arte, que me ha resultado muy interesante y de lectura grata. Es en cierto modo un ensayo sobre Warhol, aunque por supuesto el valor está en el estilo del analista de los objetos, en sus simulacros, imágenes y réplicas nulas. La reflexión sobre la nulidad artística se abre a la nulidad de la sociedad actual, en la que una iconoclastia moderna vacía las expectativas de sentido que puedan ir forjándose en la cultura. Como Baudrillard no pretende defender la cultura, se trata pues de ir sospechando de la actitud de iniciados propia de los artistas. Tanta melancolía es quizás un ejemplo de una fin de siècle que estemos ya dejando atrás.

Sigo pues con Virgilio, Hualtulqueños de Leonardo da Jandra, El Mago de John Fowles, y algunos clásicos más. No descarto nuevas incorporaciones fortuitas. ¿Comentarios? Bienvenidos, marhaban.

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