La condena de Schumann y la redención de Satie

Para un pianista tan mediocre como yo, hay dos vértices en mi relación con el piano. Por un lado el «kleine Studie» de Schumann, y por el otro las tres «gymnopédies» de Satie. El estdio de Schumann no es difícil, pero exige un trabajo. Está basado en varias frases musicales en arpegios, que hubiera tenido que trabajar concienzudamente una por una, lentamente. No lo hice, y así llegué a una audición del conservatorio, con la obra mal trabajada y peor aprendida de memoria. Al cabo de tres compases empecé a equivocarme, dando paso al infierno: volver a empezar, equivocarme de nuevo, llorar, usar la partitura, equivocarme, y no acabarla. Fue un desastre y la firma de mi expulsión del conservatorio. El estudio de Schumann es para niños, pero es bellísimo, y si se toca con pedal, está anunciando lo más sublime de Mahler.

Mucho tiempo después me aficioné a las «gymnopédies» de Satie, que afortunadamente le encargaron tocar a mi hermano. Satie es la condescendencia absoluta. Uno puede pararse cuando es difícil, alargar los compases, usar el pedal para unir lo que no se ha unido por falta de destreza. Satie deja que el mal pianista toque algo emocionante, y al tocar las tres seguidas, se crea un ciclo virtuoso que otorga al menos indicado el placer de sentir que ha tocado algo bello. Satie es el amigo de los melancólicos, con Satie «la habilidad no cuenta», sólo cuenta la tranquilidad del corazón del pianista. De Schumann a Satie. Del trabajo a la emoción. De la verdad a la pasión. De la sinceridad a la complicidad. Te lo dice Satie: «la habilidad no cuenta».

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