Para el fin de la guerra

En el quinto aniversario de la invasión de Irak, las declaraciones del presidente y de los candidatos a la presidencia de los EEUU dejan muy claro quién tiene la intención y quién no de hacer todo lo posible para lograr el fin de la guerra. Bush y McCain defienden  todo lo que los republicanos han decidido y dejado hacer: no sólo la ocupación,  la destrucción del Estado irakí y el alimento de los conflictos civiles, sino el auge de la corrupción, el terrorismo y la barbarie cometida por mercenarios y piratas. Hillary Clinton promete iniciar la retirada, pero en términos tan confusos que no anuncian su efectiva ejecución, en un ejercicio imposible que no engaña más que a sus seguidores. Por el contrario, Barack Obama desmiente las acusaciones de tibieza con respecto a la cuestión de la guerra, y anuncia que conforme a su convicción pacifista, cesará el envío de tropas y repatriará las allí destacadas, dando por cerrado el capítulo más desastroso de la historia reciente.

Obama no dejará de luchar contra Al Qaeda, pero no lo hará con la ingenuidad de pensar que se gana una guerra comprando a dudosos aliados y torturando en campos secretos, combatirá el terrorismo como lo combaten las democracias, con justicia, eficiacia policial y desarrollo socioeconómico de los civiles en zonas de conflicto.  El compromiso de los países del primer mundo en la ayuda internacional al desarrollo del tercer mundo es ese sentido tan urgente como lo era hace cinco años. Hemos perdido un lustro, pero no perderemos el siguiente. Más escuelas, más empleo, más solidaridad y servicios, es menos candidatos potenciales para adherirse a luchas que no entienden, dirigidas por líderes que no conocen y que sólo manipulan su capacidad de odiar. Esta verdad es cierta y lo seguirá siendo en Argelia, en Palestina, en  Irak y en Afganistán.

El impulso que los pueblos pueden dar a sus estados para que cambien la realidad se canaliza en un ejercicio histórico, casi anecdótico, y muy pasional. Podemos encontrar elementos simpáticos en uno u otro candidato, pero los que tienen que votar en EEUU tiene en sus manos la decisión más importante para el fin de la guerra: votar a Obama. Si desde todo el planeta les animamos a que así lo hagan, quizás ese fin pueda llegar pronto, más pronto de lo que supondrá la perennización de una guerra que los invasores no pueden ganar, y que los invadidos no pueden acabar.

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