Elitismo y hedonismo en Al-Andalus

La sociedad andalusí se diseña a sí misma en un crisol de valores bíblicos y coránicos, indo-persas por mediación de los árabes, y griegos de la Antigüedad. En lo que va desde el siglo VIII hasta el XI, la identidad cultural árabe oriental es asimilada, conforme llega, en sucesivas formas de densidad variable, y los intelectuales andalusíes van poco a poco especializando sus planteamientos, amoldándolos a un marco propio peninsular. En el siglo XI, las Taifas son la aplicación a nivel local de un sistema socioeconómico y político que regula en una jerarquía circunstancial el papel de los diferentes estratos y la subordinación de unos a otros. Así, la élite –xaSSa– se autodefine en los ámbitos del gobierno, la cultura y la religión. La población corriente -3amma- participa plenamente de la vida social, pero se somete en cualquier circunstancia a las reglas marcadas por los parámetros clasistas, dentro del espectro de mayor o menor aislamiento de las comunidades rurales. En cuanto a la imagen que la élite construye de sí misma, se puede apreciar que oscila entre dos polos, uno elitista que se esfuerza en la separación idealista de los sabios, y otro realista que, mediante el hedonismo, acerca el proceso de perfección del alma al conjunto de la sociedad, valorando en cambio un código del lujo, que Ibn Hazm -ejemplo paradigmático de nobleza cultural- descalifica sin miramientos, en el prólogo de su Libro sobre los caracteres y las conductas, como diletantismo pernicioso:

Y es que Dios me otorgó el favor de ser un hombre que siempre se ha preocupado de lo que son los vaivenes de la fortuna y sus inminentes versatilidades. Tanto, que en este género de meditaciones he consumido la mayor parte de mi vida, prefiriendo pasarla consagrada al examen y estudio de estas materias, mejor que entregado al deleite de los goces sensuales, á que la mayoría de los hombres se sienten atraídos, ó amontonar superfluas riquezas.

El moralista se sitúa conscientemente en varios registros: la división dictaminada en la naturaleza por Dios, la perspectiva histórica y de reconstrucción autobiográfica, -más: autoficcional-, de una narrativa edificante, y la censura sin miramientos de la élite que concoció y que se apresura de asimilar al resto de la población corriente por sus propios principios rectores en la vida. No cabe duda de que en esto hay también un convencionalismo propio de las letras andalusíes, muy refinadas en su «siglo de oro», y sobre todo en una ubicación en el texto tan precisa como es el prólogo. Apréciese también la buena vigencia por su propio arcaismo de la traducción histórica de M. Asín Palacios.

La legitimidad de la postura elitista de Ibn Hazm quiere asentarse de modo significativo en la experiencia, concepto que remite a una visión particular de la historia eminentemente positivista. Ibn Hazm no es por tanto ningún elemento extraño dentro de la tendencia general del saber y la filosofía andalusí a conformar una universalidad que trabaja y moldea al incipiente Occidente en el siglo XII y desde entonces. La articulación de la universalidad por efectos vinculados al eltismo cultural invita a reflexionar de nuevo sobre el ataque a la cultura, camino político contemporáneo que tenemos ocasión de verificar tan a menudo.

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