Die Walküre, julio de 2008: Apoteosis


horo.650

Cargado originalmente por abenyusuf

Lâ hawla wa là quwwa il·lâ bil·lâh, wa lâ gâlib il·lâ Al·lâh
La euforia que producen los pasajes archifamosos de las Valkirias de Wagner, que sigo escuchando como estos días en radio clásica, retransmitiendo en directo desde el Festival de Bayreuth, no se verá empañada por el escándalo inadmisible de las constantes interferencias desagradables en el canal “Ravel” de Euro radio. Es un escándalo, un sabotaje oscurantista, una provocación, pero que asuman las conssecuencias en la Unión Europea, porque no lo haré yo, wa Al·lâh. El locutor se creyó que por poner velas a los dioses paganos iba a funcionar, pero no se le ocurrió pedir humildemente la intercesión de nuestro amado Profeta Muhammad, paz y bendiciones sobre él.
El caso es que además de las impresionantes olas de energía de ciertas frases musicales, la obra está plagada de melodías interesantes, y me entero además que el argumento incluye un amor no solo adúltero, sino incestuoso, así que estamos no ya en pleno mito épico, sino en los sótanos del inconsciente de la Europa oscura. La coronación de las pulsiones incestuosas en la obra de arte más rotunda, eso es ni más ni menos el programa de Wagner. Poco importan ahora las consideraciones sobre el mal gusto de muchos vestuarios como el freaky de los años 30 que reproduzco en la imagen sacada de The New York Times. Lo más relevante es que la música desata sensaciones insólitas de hormonas, como si se tratara de un tratamiento para investigadores del cuerpo.

Cuando leí Les Bienveillantes, me faltaba quizás la cultura musical para apreciar el horror del cuñado del narrador ante la música de Wagner. Hay que entender en efecto lo que ésta supone de intromisión, de conquista, de violencia en último término. El arte violento va por derroteros más complejos que las simples proyecciones de fantasmas sexuales, como se ha sugerido aquí. No creo que se limite a esta vertiente, aunque por supuesto esté presente. El arte violento, en verdad, es una apoteosis de la ilusión, enfrentada a todos los enclaustramientos racionalizadores de las situaciones. Por ello, y pese a su carácter paradójico como mitómano, Wagner me resultá también un liberador. Eso es lo que está implícito en las exigencias de todas las vanguardias del siglo XX, y sobre todo en las más radicales: Dadá, futuristas, surrealistas (antes de los años 30) y finalmente situacionistas de la Internacional. Y es lo que no consiguen con sus instalaciones blandas los licenciados de Bellas Artes, ni con sus novelas sosas los autores de Anagrama, ni lo que conseguirán nunca los artistas pacíficos que teman pisarle el pie a la misma vida.

Wa Al·lâhu a’lam.

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