El imperialismo: una trágica necesidad (militar)…

Bismil·lâh al rahmán y rahim

Con motivo de la muerte de diez soldados franceses en Afganistán, muertos en combate con los neotalibanes, la prensa francesa se agita, se despierta del verano, y Sarkozy “interrumpe sus vacaciones para viajar unas horas a Afganistán” (Telediario de La Primera). El caso es que Laurent Joffrin, mediocre pluma que a base de servilismo ha alcanzado su techo como redactor en jefe del periódico (antaño de izquierdas) Libération (fundado por Sartre, ni más ni menos), acaba de publicar un editorial espeluznante en el que califica a la guerra de Afganistán como una trágica necesidad. Traduzco y comento:

Editorial del periódico Libération, por Laurent Joffrin: Una trágica necesidad 20/08/2008

Cómo ganar una guerra imposible de ganar por la vía militar… Es el reto al que se enfrentan los soldados franceses, con las otras fuerzas de los países democráticos presentes en Afganistán. El valiente sacrificio de diez de ellos (y de 21 heridos), encarnación de la grandeza y la servidumbre militares, pone de manifiesto que esta guerra que dura desde el 11 de septiembre podrá difícilmente  encontrar una salida in situ. Llevados por una despiadada voluntad de muerte, los talibanes han conseguido prácticamente cercar Kabul, privar al Gobierno legal del control sobre una gran parte del territorio y hacer que la misión de las fuerzas internacionales sea cada vez más peligrosa. Un viejo proverbio militar encuentra allí una nueva ilustración: se puede hacer todo con bayonetas, excepto sentarse encima.

La peor de las soluciones sería obviamente la retirada. Legítima, a diferencia de la guerra iraquí, destinada a responder con la destrucción de sus bases traseras a un ataque fatal en el centro del territorio americano, la intervención en Afganistán era una trágica necesidad.

¿Quién querría ofrecer, además, una estrepitosa victoria a los fanáticos más violentos del islamismo? Pero la solución, aunque supone una supremacía militar, no puede ser más que política. Reconstrucción de un Estado digno de ese nombre, menos corrompido y más eficaz, y también, si se cree a los expertos, negociación destinada a jugar con las divisiones en las facciones rebeldes que controlan el sur del país. El valor de los soldados exige la inteligencia de las políticas…

“Fuerzas de los países democráticos” porque occidentales. Eso es lo que no dice y lo que se camufla en su democracia puesta en el tablero. Las fuerzas de la ISAF -que no es ONU, ni OTAN, ni UE + USA + Canadá, sino un engendro raro que diluye cualquier definición más precisa que “occidental”- vienen de países democráticos, pero son militares como siempre, como los de toda la vida: van armados, patrullan, y a veces, sobre todo los aviones yankees, lanzan bombas y matan. La “grandeza” -esa famosa grandeur– sería que los militares franceses desertaran, para no obedecer órdenes que responden a una agenda de Washington tan desastrosa como estúpida. Se ha explicado mil veces: como los rusos eran enemigos, armaron a los talibanes para combatir a los rusos, y ahora arman a los que encuentren para luchar contra los neotalibanes.

La retirada no es ni la peor ni la mejor de la soluciones, es la única solución, que llegará tras el invierno apocalíptico de 3 años, tres décadas o tres siglos. Nunca un país va a aceptar una agresión y una ocupación militar extranjera. O se mata al país entero, o se retiran los ocupantes. Tarde o temprano. A lo mucho, los ocupantes acaban fundiéndose en la población local, tercera opción que comenzará cuando tengamos a capitanes franceses piratas, haciendo negocios por las montañas de Kandahar. Si no, al tiempo. Serán “nuestros señores de la guerra”.

La legitimidad de la intervención en Afganistán se agotó cuando subió al poder Karzai. Que tras seis años sigamos invocando la creación de un Estado, cuando el que existe no moderniza el país ni lucha contra el fanatismo, sino que lo utiliza como todos los tiranos del mundo islámico, y especialmente contra las mujeres (véase las afganas encarceladas y susceptibles de ser condenadas a muerte por adulterio cuando han sido víctimas de violaciones), que tras seis años sigamos agitando la burka como si Karzai y su gobierno hubiera hecho lo más mínimo para cambiar y mejorar la condición femenina, que sigamos engañándonos con “libertad”, “democracia” y “seguridad”, no son más que síntomas de la miseria moral en la que vivimos y que fomentan los medios de información al servicio del imperialismo y la industria militar.

La idea de que por evitar una victoria de los neotalibanes haya que prolongar la guerra es simplemente terrorífica. Cuanto peor, más armas, más soldados, más mentiras. Más invocaciones frívolas a la responsabilidad de los políticos, cuando hoy solo hablan las bombas y los dólares del opio. La guerra de Afganistán dio un resultado inmediato: la caída de los talibanes. Las bases de la ISAF desde entonces se han cristalizado como objetivos para los neotalibanes, que comprueban la exitosa ecuación: si matan a diez franceses, ganan la guerra de la realidad, porque el Imperio lanza sus baterías de mentiras para que la gente no piense. Mientras, los civiles pueden seguir muriendo, otra trágica necesidad.

Astagfirul·lâh.

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