Una historia de Al Qaeda para americanos

Bismilah al rahmán y rahim

El libro La Torre Elevada, Al Qaeda y los orígenes del 11-S, del escritor y periodista norteamericano Lawrence Wright, va por el camino inevitable de convertirse en  el estudio de referencia sobre el acontecimiento más importante de la historia reciente desde la caída del Muro de Berlín, los atentados del 11 de Septiembre de 2001 que derribaron las Torres Gemelas en Nueva York. Y ante una fatalidad de ese calibre, poco puedo hacer desde un blog para impedirlo. Pero los límites y las consecuencias de esta canonización son evidentes. Se va a dar por bueno, una vez más, el punto de vista del americano que quiere entender lo mínimo y reconfortarse con su propio sistema, el Imperio,  para no cuestionar, un poco más allá del discurso oficial, cómo pudo suceder lo que pasó en su país hace ya más de ocho años.

No quiero decir con esto que el libro sea una burda retahíla de ideas flojas complacientes con el imperialismo del periodo Clinton-Bush-Obama, ni que no tenga méritos suficientes que justifiquen la ingente labor del autor, de sus colaboradores, así como de los editores y de los traductores al castellano, mis amigos Carlos Sardiña y Yolanda Fontal, que han hecho un gran trabajo para que la lectura sea fluida. Ni quiero tampoco dar a entender que haya otra versión válida sobre qué pasó, cómo y por qué, que difiera de forma sustancial con la que ha propuesto L. Wright. Pero sí me alarmo, sí me preocupa que esta canonización (recuerdo que el libro ha recibido el prestigioso Premio Pulitzer de periodismo, y ha sido descrito como “el mejor libro que se ha escrito sobre Bin Laden y el 11-S“, como señala significativamente en su reseña en Babelia de El País José María Irujo) lleve aparejada una asimilación de sus planteamientos por parte de los que queremos mantener, pese a la enorme presión mediática, una independencia de criterio con respecto a la visión americana sobre Al Qaeda, y sobre todo, sobre el islam hoy en el mundo islámico, en los países con población mayoritariamente musulmana.

Comenzaré diciendo que el libro se lee bien, aunque no soy aficionado a este tipo de libros de periodismo, que tienen un defecto provocado por el trabajo en equipo. Mencionaré las reiteraciones incesantes, las multiplicadas anécdotas sin ninguna importancia, la necesidad de “amenizar la lectura” con un relato paralelo sobre el responsable del FBI encargado de perseguir a Bin Laden, John O’Neill, cuyas aventuras extramatrimoniales me parecen absolutamente irrelavantes y que solamente se justifican por un criterio pseudoliterario que en mi opinión añade paja innecesaria a un libro ya de por sí extenso. Pero no me centraré en esos defectos, sino en uno mucho mayor, mucho más grave y mucho más americano. La visión simplista y pobre del islam, del islam político, el islamismo, y por ende, del caldo de cultivo en el que se prepara el monstruo creado por Osama Bin Laden y Ayman al-Zawahiri.

Me apresuro inmediatamente para precisar que sí consigue el autor demostrar que los dos líderes de Al Qaeda, todavía en paradero desconocido, son dos enfermos mentales peligrosos, chapuceros, narcisistas, mediocres y crueles, y que, sin embargo, por una serie de circunstancias históricas bien explicadas, consiguieron organizar y financiar el mayor atentado terrorista conocido hasta la fecha. Entre dichas circunstancias, es de rigor conceder al autor que sí ha detallado con veracidad la absurda rivalidad entre servicios secretos estadounidenses, principalmente la CIA y el FBI, que facilitaron la estancia en territorio de los EEUU de varios miembros de Al Qaeda que ya estaban fichados y que ejecutarían los atentados. En ese sentido, se puede apreciar que el libro es un complemento bastante útil para conocer esa dimensión del acontecimiento, puesto que sin dichas rivalidades Al Qaeda nunca hubiera podido conseguir su megalómano plan  terrorista. También es una virtud del libro esbozar una cronología que se remonte al islamismo político de Sayyid Qutb, y que se detenga suficientemente en el atentado contra el World Trade Center de 1993.

Pero creo que ahí se acaban los méritos. El recorrido que va de Sayyid Qutb hasta Bin Laden, pasando por el islamismo violento de al-Yihad en Egipto y los campamentos de muyahidines árabes en Pakistán para luchar contra la ocupación soviética de Afganistán, y más tarde contra la Alianza del Norte de Ahmed Sha Massud, está planteado con demasiadas prisas, me parece, o con una confusión en la que el autor parece impregnarse del “cacao mental” de los personajes, hasta el punto de que no se aprecia en toda su intensidad ni la escalada represiva contra el islamismo en Egipto, ni la destrucción orquestada de Argelia por parte de los salafíes y del Ejército argelino, ni la desintegración del nacionalismo laico en los países árabes y sobre todo en el territorio palestino bajo ocupación israelí. El autor da por bueno un aparente desinterés del mentor de Osama Bin Laden, Abdullah Al Azzam, por la causa palestina, y lo resuelve  más tarde reproduciendo el antisemitismo primario de Al Qaeda, cuando en realidad, en esos años noventa, el desastre de los acuerdos de Oslo supone el mayor aliciente para el reclutamiento internacional de yihadistas.

No era una fatalidad conceder esa baza al sionismo. En una obra colectiva editada por Gilles Kepel, Al-Qaida dans le texte (PUF, 2005), aparentemente no empleada por el equipo de documentación de L. Wright,  o en el excelente ensayo de Mohammed Arkoun y Joseph Maïla, De Manhattan à Bagdad, Au-delà du bien et du Mal (Desclée de Brouwer, 2003), por poner solamente dos ejemplos, sí se profundiza en la conjunción de factores como el desposeimiento y la deshumanización de los palestinos por parte de Israel, o la modernidad espectacular y el uso terrorista de las TIC en sociedades castradas por clases dirigentes lacayas de Occidente, o el componente antropológico de la ecuación entre violencia y lo sagrado, para plantear una génesis de Al Qaeda que, sin complaciencias ni angelizaciones, tampoco la resuma sin contextualizaciones, y sobre todo sin simplificaciones interesadas. Del mismo modo, tampoco aprovecha el autor su conociemiento del ambiente muy acaudalado de la familia Bin Laden para ofrecer, por lo menos tangencialmente, una lectura marxista del acontecimiento, señalando cómo, una vez más, se trata de una “guerra de ricos” que sufren los pobres esencialmente .

Pienso en ese sentido en el luminoso escrito del profesor de la órbita situacionista Anselm Jappe, “El choque de las barbaries” (Le “choc” des barbaries. Des milliardaires à barbe contre des milliardaires sans barbe”), publicado al final del 2001, o en el artículo, tampoco citado por L. Wright, de Jean Baudrillard,  publicado en Le Monde en noviembre de 2001, “El espíritu del terrorismo” (“L’esprit du terrorisme“), que, enlazando brillantemente con su reflexión sobre la primera Guerra del Golfo “inexistente”, plantea en toda su intensidad el carácter particular del acontecimiento como agenciamiento ciego y espectacular del desorden.

Para acabar, es necesario añadir que ciertas expresiones de Lawrence Wright son claramente desafortunadas. Pienso en las típicas frases orientalistas que ven a Arabia como ese territorio que no ha cambiado un ápice en 2000 años, sus ganas de seguirle el juego a Bin Laden en su comparación reiterada entre el recorrido de exilio de Bin Laden en Sudán y Afganistán y la Hégira de Mahoma o Muhámmad (s.a.s), comparación desafortunada si se reproduce tal cual, sin el mínimo trabajo de deconstrucción del planteamiento salafí. Para ellos, el estudio de la historia sobra, por descontado, ya que no pretenden estos barbudos demostrar sus conocimientos en historia, en antropología o en sociología. Pero un autor occidental no puede reproducir el imaginario demencial de los fundamentalistas en un libro de divulgación, a menos que pretenda o no le importe sumarse a los atajos deshonestos de Daniel Pipes, Robert Spencer, César Vidal, Robert Redeker, André Glucksmann y otros islamófobos declarados. Es un hecho evidente que tanto los ideólogos del choque de civilizaciones, sionistas cristianos o ateos, y los salafíes qaidistas, coinciden en su simplificación vertiginosa de la historia fundacional del islam, pero eso no es sino la prueba del interés de ambas partes por precipitarnos a todos en una conflagración en la que se midan ambas barbaries, ambas ignorancias, ambas miserias morales.

1 comentario

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Una respuesta a “Una historia de Al Qaeda para americanos

  1. yolanda

    Yo alucino, está claro que los musulmanes nos “quieren dar bien a occidente” y encima intentáis convencernos de que tenemos que poner bien el culo, porque aunque se dedican a matarnos con bombas son “muy buenos”, que terminen de matarse entre ellos en sus territorios -y luego, los que queden que serán cuatro- que emigren si quieren a otros países pero respetando las leyes y costumbres del país que generosísimamente les acoge.

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