Una dosis de grasa artística

Bismilah al rahmán y rahim

Con los mejores libros sucede algo curioso. Están ahí, prometiéndose, pero los años se encadenan y las posibilidades de conseguir leerlos algún día se esfuman. A veces, porque se espera dominar el inglés, el alemán, el italiano, el portugués, el árabe o el latín para aprovecharlos en toda su plenitud. A veces, porque su momento aún no ha llegado. A veces, porque algún director de cine ya los adaptó con mayor o menor fortuna y la urgencia de leer el libro se disipa, aunque sea un efecto distorsionado de lo que uno puede esperar obtener de ese libro en concreto. Estoy sorprendido por la indignación de Juan Marsé, que ha insultado en todos los registros posibles al equipo director e interpretativo del reciente largometraje biográfico sobre el poeta Jaime Gil de Biedma. No por lo razonable de las descalificaciones, sino por las ganas de dar la batalla por el arte en el siglo XXI. Le afecta personalmente, es verdad, pero aún así sorprende ver cómo ha sacado las energías suficientes para enfrentarse a los hechos consumados, porque la película no sola se va a estrenar, sino que ya ha cobrado las correspondientes subvenciones y pronto obtendrá sus (¿inmerecidos?) premios y galardones. Pero volviendo a los libros, está claro que comencé leyendo poesía porque me permitía leer un autor al día, prácticamente, o descubrir varios el mismo día. Las novelas tienen su sitio propio, pero la verdad es que las mejores se quedarán sin leer, por falta de tiempo. A lo sumo, cabe esperar lograr leer alguna de los mejores novelistas, aceptando que las novelas rusas solamente se leerán, y con suerte, en castellano, y que las novelas en lenguas europeas minoritarias o en yidish deberán leerse, con suerte, en sus respectivas traducciones al francés. pero incluso cuando no hay un problema de lengua, como sucede con la grandísima literatura latinoamericana, las ilusiones no pueden cargar con más expectativas que la lectura de los más conocidos, ni siquiera de los mejores. Nada o casi nada de las mejores novelas escritas en México, Argentina o Colombia, por poner esos tres casos, llegará a España, y menos aún a Galicia. Si, por poner un ejemplo, viviera en Madrid, entonces no me llegaría nada de la literatura en gallego. A lo sumo podría leer la famosa biblioteca que preparó y distribuyó La Voz de Galicia, pero me temo que allí se impondrían otras lecturas, precisamente las latinoamericanas. En cuanto a los libros de ensayo, de filosofía, de historia y de tradición marxista, el tiempo no da ya más que para leer unos cuantos, una ínfima parte de lo que se ha escrito. Elegir los buenos en estas circunstancias es un ejercicio  tan incierto que a lo sumo cabe esperar acertar en un 50 % de los casos, no más. Ni la pintura, ni la música, ni el cine me producen esa sensación de condena a la imperfección. Por eso me siento un musulmán heterodoxo, porque soy incapaz de otorgarle al Corán más que una importancia relativa en el universo de las letras. Y eso que es tal vez el libro que más he estudiado, leído y (h)ojeado. Pero el desierto de las identidades, la triste enumeración de las ciudades, el débil latido de los personajes, en relatos, novelas y poemas, me convocan de nuevo de una forma incomparable, que ninguna tradición religiosa podrá emular nunca. A lo mejor me canso de leer algún día, pero ese día me habré cansado también y antes de escribir en este blog. No se enterará nadie. No lo sabrá nadie. Y entonces será como haber muerto un poco y de forma prematura.

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Archivado bajo autobiografía, books

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