Atacar la roca del apio castizo

“otra manera totalmente distinta de atacar”

Bacon, filtrado por Schopenhauer.

Al leer los cuentos de piratas, uno se aficiona suavemente a los mares del Sur. Luego es difícil ser del Norte.

Los aficionados a las tardes de ejecuciones sumarias con Lepantos y pantalones cortos encontrarán siempre en el humor hemofascista una bifurcación que articule su miedo frustrado de chupatintas madrileño y de lamecoles ateopapista, y acalle lo que pueda quedarles de sensibilidad ante rojos y negros, por eso pululan plumas con caché torpedeando como quien dice con malafollá cualquier debate, llamando a los diálogos de antemano derrotas y cobardías. Hay días que prefiero no dar al principio sino al final nombres civiles, para poder librarme de alusiones boomerang. Solo diré que tienen éxito desde que levantan a tope manta la bandera rojigualda al sonado frito de muerte al casco y al porro, en cuanto se dan la vuelta al oír en la espalda DDHH, esa cosa reventada para distraernos de la acústica de las bombas etarrojihadistas. Que si hay que recuperar el hacha y la épica de la navaja, que si con los del Sur al basurero, que si los usureros sociatas les tocan la bolsa y que si la broma de las solidaridades ya ha durado demasiado. Se les ven hechos plumas de esperanza, porque la física electoral necesita química intelectual, y ellos rebosan de mecánicas como su valentía manda y comanda. Eternos comandantes del orden, camisa de algodón sureño, capitanes estrépitos de la media aspa realzada, de la minifalda simbólica y de la visión trisonante de la métrica mequetrefe. Van por ahí a vela abierta, navegando sobre los corazones de sus miles de admiradoras y sobre los autógrafos de sus fans, ensalzando aquí la misa y allá la manguera, más allá el cretinismo con combustible populista. Al final dirán la estocada de que ni siquiera son de derechas. Españoles, eso sí.

Por ello tuve que ponerme a buscar nuevas armas con amor al arte y al marcianismo de la cultura en el contexto nuestro, que es plural y polisémico, hospitalario y umbroso, valiente sin ser farfollas y templado con tino. Quise obtener verdades parciales dichas por los demás y no escuchar mi raza, mi costumbre y mi olla. Ahora ya solo escribo con énfasis figurativo, despreciativo a veces, manifiestamente politizado. No hay perdón con los valentines del sarcasmo machote, los mandarines del sentido común genocida, los comecocos de la ignorancia sin complejos y sobrada, los cretinos del odio a cualquier humildad. Porque no aguantan que un joven no sea un desalmado, y sí en cambio botellonan hasta la sociedad que quieren que nos callemos y pasemos a pasotas. Para que no se enaltezcan mucho, medito entonces mis eufemismos, omisiones, borbotones y psicologías para quedarme con la honrada evasión en los homologados paisajes del sincretismo situjihadista y me aparto alegremente del cabreo del puchero Abú Alatriste. Me remito a los techos  de tolerancia islámica porque el lenguaje no es siempre una reproducción fiel de la cordialidad.

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