El cuerpo sin órganos (de la dama en la cortesía idealista o materialista)

Es el yo un cuerpo en sí mismo, un cuerpo sin órganos como diría Gilles Deleuze, que circula entre los sentidos y el tiempo de la muerte. La circulación provoca un cierto despliegue del terror masoquista ante el padre, y a veces el miedo se transforma en una burla de la Dama profanando su papel de Ideal inalcanzable, pues el yo se mofa de las maneras de sublimar lo angustioso. El yo fuerza un agenciamiento que traza y ocupa a la vez el campo de inmanencia del deseo, constituyendo consigo mismo un cuerpo sin órganos o plano de inmanencia. La fragmentación incontrolada del cuerpo, su vaciamiento, la desestabilización de las posibles estabilidades corporales, las prótesis, la hibridación sujeto-máquina, el cuerpo sin órganos, son sólo algunos de los movimientos aleatorios que produce el yo suelto.  El cuerpo-sombra, el cuerpo sin órganos (Artaud), a partir del cual se construye el sujeto, sólo puede evolucionar a-paralelamente con cuerpos tan ingrávidos como él. El cuerpo sin órganos (fuera del dominio de lo simbólico), por el que corren los flujos de las culturas del poder, de la dominación y del biopoder señalado por Foucault, responden al mecanismo que se implanta en los cuerpos y modula trágicamente los azares. Es a partir de la exaltación del amor romántico que hace el poeta a la dama cuando el yo puede esbozar un lirismo de la insatisfacción, atraído por esa inestabilidad. Este objeto, una vez más,  es el cuerpo sin órganos, que aparece como concepto límite de la producción.  Ha sido estudiado repetidamente en las naturalezas muertas y en las obras donde el cuerpo se transforma en artefacto-objeto, en un «cuerpo sin órganos». Pero además de mediante este tipo extremo de carencia, el yo se ha expuesto previamente al cuerpo en otro tipo de dualidad, como en el pensamiento yógico, cuerpo físico-cuerpo energético; la teología cristiana, carne-espíritu; Levi Strauss, cuerpo-no cuerpo; Nietzsche, cuerpo-voluntad de poder (por matizar o discutir); Freud, cuerpo-imago; Artaud, atavismo fisiológico-potencias, y solamente en su fase consciente, con Deleuze, cuerpo-cuerpo sin órganos. En el amor cortés, el hombre se consagra directamente a la Dama, plantea su servicio a la institución pericastradora que ella representa. La ciencia, es sabido, nunca ha progresado tanto en la exploración del cuerpo y del cerebro. Y sin embargo nunca fue tan agudo el sufrimiento psíquico, la soledad, la ingesta de psicotrópicos, el aburrimiento. Es el resultado del egoísmo del yo en la tradición occidental, que surge como corolario de los predicados en torno al cuerpo sexuado. Vemos al cuerpo del Otro lleno de gentil donaire y gracia,  lo percibimos como  si fuera dama ilustre al parecer, afligida y mal llagada. El yo amante se muestra con espesas alhorzas, cara y frente; los nervios y los órganos trabados, tan débil y tan flaco, finalmente, como el miedo a la muerte. Tanto derecho tiene el varón como la dama a su Liberación y tiene las mismas posibilidades: la mujer con su cuerpo femenino puede llegar a la Liberación, a convertirse en una gran Jerarquía. Sin embargo, debemos hacer notar que nuestra perspectiva no está de acuerdo con ciertos planteamientos teóricos más generales, los cuales, al postular un cuerpo sin órganos idealista, tienden a borrar las fuerzas históricas marcadas por el factor genérico-sexual. El materialismo del yo es la garantía de su significado. Este desmoronamiento de cualquier idealismo positivista muestra que el cuerpo utilizado para construir un cerrado universo de sentidos es, en el postrer momento, un cuerpo sin sentido o el sin-sentido que toma cuerpo en su propia disolución. La muerte sustenta este símil, al identificar la fidelidad que el enamorado profesa a la dama con la desaparición de la conciencia del yo. Pues yo traiciono por la traición de mi cuerpo, mi hidalguía, el alma amante al cuerpo le transfiere el grado de vacío que lo constituye como frontera y descanso del yo en el otro. Por el nombre del amado excitándose se observa el yo libre como precio triunfal y se envanece, se contenta sin más consuelo que su ilusión de fusión. No solo en tanto que imagen de la belleza divina en el islam y la mística medieval cristiana y judía, sino, también, de forma algo más desprevenida, como una metáfora descomunal en donde la dama supera en receptividad el cuerpo sexual femenino y procreador. Platón en Fedro ha sostenido que la visión es “el más sutil de todos los órganos del cuerpo”, pero este sentido no puede sin embargo percibir la comunicación de la materia en su negación de contactos genitales. Los genitales se manifiestan como medios de la repetición “periódica” de un fenómeno (A, B…), cuyos términos no están ligados, y con los ritmos que se entienden como espacio intensivo, superficie sensible o cuerpo sin órganos, en donde la “repetición” causa sus efectos haciendo perceptible lo invisible del amor. En este caso, perdura el ideal de belleza característico de la época caballeresca: el de la dama de bello rostro, talle ligero y delicados andares. La muerte no es ya desagradable en sí misma (La dama de las camelias), sino que forma parte del arte y se convierte en un revulsivo para la realización del yo. Atrás queda la lucha alma/cuerpo transformada ahora en una serie de fantasías, de simbolizaciones que apuntan a la evacuación posible del pasado. Más que antes, porque antes sólo el cuerpo sentía sin mantener relaciones. Nietzsche, declaradamente contrario a la aceptación de cualquier dualidad, señalaba así un yo cortés materialista.

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