Sobre el fracaso de la inteligencia

La inteligencia – y aquí se encontraba el auténtico centro, la verdadera raíz de su amargura – había fracasado, no había podido impedir la Guerra Mundial ni su desdichado desenlace. La inteligencia había hablado por el pueblo sin voz, había hecho un uso perverso de su lengua, predicando la locura. Había un odio generalizado contra cualquier tipo de autoridad, que estallaba en cuanto ésta se insinuara. No se limitaba a rezongar de mal humor, reaccionaba groseramente en señal de protesta. En cierto hospital, un paciente con mucha conciencia de clase, aunque con poca formación en el socialismo, se encaró con un famoso cirujano y le dejó muy claro lo que pensaba; le dijo que un profesor no debía recibir en modo alguno un salario mayor que el que le correspondía a quien se ocupaba de la calefacción de una casa. Ambos eran obreros, uno no era más importante ni más valioso que el otro.

Los demonios, de Heimito von Doderer. Traducción de Roberto Bravo de la Varga Acantilado. Barcelona, 2009, p. 175.

Reseña de José María Guelbenzu en El País.

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