Un bardo holandés en el Mercado Nuevo

Esta podía haber sido la historia de una cantante rock holandesa de origen marroquí que salió en todos los medios de comunicación por su juicio público, ya que fue acusada de contagiar un virus trágico de nuestros tiempos a varias de sus esporádicas parejas sexuales, o la historia de una de sus parejas contagiadas, pero será en realidad la historia de la abogada del padre de esa persona contagiada que denunció a la cantante, y la historia de un escritor encargado de investigar para un periódico de gran tirada todo el caso, con el propósito de obtener el mayor morbo posible de este triste asunto de sociedad. La abogada, por una ironía que no debe ser realmente casual, es también holandesa de origen magrebí, y se llama Aisha. Cuando Aisha regresa a su casa en tren y desde la estación va en bici, y cuando está sentada en el vagón de cercanías mirando las casas de los suburbios residenciales del cinturón de Ámsterdam, piensa en el racismo de la sociedad holandesa, y en cómo la única solución pasa por ser más dura que ellos, luchar como luchó en la facultad de derecho y más tarde para no casarse, ni con los ricos ni con los pobres, sino con los más ricos de todos, los empresarios jubilados, y sólo como abogada. Su cliente ha mimado a su hijo toda la vida, y por eso en vez de trabajar en los negocios que él sí mantuvo prósperos durante tantos años de bonanza económica de los 90 y los 2000, debido al aumento de las importaciones, el chico se dedicó pronto a las drogas, ya desde finales de los 80, y como apéndice a esa actividad se adentró en el mundo de la música rock y el sexo sin condón.

El escritor que tiene encargado la redacción de un largo artículo de “investigación” sobre el mundo en el que se confundían las extremidades de cantantes inseguras en sus cuerpos atractivos y hijos de papá con responsabilidades discográficas se llama Andrew, y Andrew suele caminar por las noches paseándose de coffee shop en coffee shop, ya no fuma ni bebe tanto como hace unos años, ahora sólo fuma porros muy ligeros y se sumerge en un paseo incesante entre los turistas y los estudiantes becados de toda Europa y Oceanía que pululan por las noches en las calles del centro, entre canales y balones y triángulos musculosos.  Andrew quiere tener tiempo para escribir una novela más personal, con frases más trabajadas, pero para eso necesita sacar este artículo y enfrentarse a sus propios demonios ligados a novias de origen árabe en el instituto, noches de abusos cocainómanos y amigos muertos de SIDA entre la soledad y el reconocimiento por su labor artística.

Hoy Andrew y Aisha están sentados en una mesa de un restaurante de pescado en Hendrikkade. Sólo habían hablado por teléfono, por iniciativa común, pero llamó primero Aisha, aunque Andrew no hubiese tardado mucho. Sabían que tenían que enfrentarse a los intereses respectivos de cada parte. Andrew quería destrozar la reputación del hijo del papá, y Aisha quería satisfacer plenamente los intereses de su cliente, es decir, correr un tupido velo por encima de todas las actividades del que ahora tenía que ser la víctima, sólo la víctima, de una desaprensiva araña de melodías engatusadoras. Andrew observa a Aisha, disfruta viéndola comer con ganas y beber el vino blanco que ella misma ha elegido. Ella no se deja distraer por las miradas cada vez más amables del cuarentón fracasado y no menos peligroso que tienen delante, pero en su voz se nota que le gusta plantear la cuestión en los términos más técnicos y precisos que el tono de la conversación puede formalmente admitir sin que la comida se convierta en una exposición aburrida. Aún así, al llegar al café, Andrew invita a Aisha a seguir la conversación en un lugar más abierto -sorprendida, ella acepta ya-, aprovechar la tarde para pasear al borde los canales y llegar a un punto de entendimiento doble: él aceptará escribir un relato de los hechos sin ninguna piedad por la cantante, absolutorio y pudoroso con la verdad de los más ricos, y ella se dejará conducir delicadamente a un hotel esa misma tarde por él, que desea ya ser su pareja en las bicis de camino a su casa, en el tren, en la nueva vida que quieren construir juntos.

(imagen de un interior de hotel hortera americano sacada de wayfaring travel info)

1 comentario

Archivado bajo sent-hoyo, tale, Urban Culture

Una respuesta a “Un bardo holandés en el Mercado Nuevo

  1. eva

    Gústame a descrición de Aisha. Andrew é un personaxe menos madurado, como atascado na postadolescencia. Como se non fose capaz de superar o pasado. Eso quizáis o fai menos atractivo, tamén para unha muller como Aisha.

    Pero é simpático o toque do hashis suave porque me recordou a ti…1 bico

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