El rascacielos por la raíz

En esta época cada vez más situada, en todos los ámbitos, bajo el signo de la represión, hay un hombre particularmente repugnante, mucho más poli que la media. Construye celdas unidades de habitación, construye una capital para los nepaleses, construye getos en vertical, construye morgues en un tiempo que bien las emplea, construye iglesias.

El “protestant modulor”, el Corbusier-Sing-Sing, el mamarachista de costras neocubistas pone en marcha la «máquina para vivir» para mayor gloria del Dios que ha hecho a su imagen las caroñas y los corbusiers.

No se toleraría que se olvidase que si el Urbanismo moderno no ha sido aún nunca un arte −y aún menos un marco donde vivir−, sin embargo siempre ha estado inspirado por las directrices de la Policía; y después de todo Haussmann no nos ha montado esos bulevares sino para traernos más cómodamente  cañones.

Pero hoy la cárcel se convierte en el habitáculo-modelo, y la moral cristiana triunfa sin réplica, cuando nos enteramos de que Le Corbusier ambiciona suprimir la calle. Porque lo enorgullece. He ahí su auténtico programa: la vida definitivamente partida en islotes cerrados, en sociedades vigiladas; el fin de las oportunidades de insurrección y de encuentros; la resignación automática. (Apuntemos de paso que la existencia de los automóviles le sirve a todo el mundo −salvo, por supuesto, a esos cuantos «económicamente débiles»−: el prefecto de la policía que acaba de morir, el inolvidable Baylot, declaraba en ese sentido después del último desfile del bachillerato, que las manifestaciones en la calle eran a partir de ahora incompatibles con las necesidades de la circulación. Y todos los años en la Fiesta Nacional, el 14 de Julio, nos lo demuestran.) Con Le Corbusier, los juegos y los conocimientos que podemos esperar recibir de una arquitectura realmente transformadora −el extrañamiento cotidiano− son sacrificados en el contenedor de la basura que nunca se utilizará para la Biblia reglamentaria, que ya está en su sitio en los hoteles de los EEUU. Hay que ser muy tonto para ver en ello una arquitectura moderna. No es más que un regreso en tromba del viejo mundo cristiano mal enterrado. A comienzos del siglo pasado, el místico lionés Pierre-Simon Ballanche, en su «Ciudad del as Expiaciones» −cuyas descripciones prefiguran las «ciudades radiantes»− ya había expresado este ideal para la existencia:

«La Ciudad de las Expiaciones debe ser una imagen viva de la ley monótona y triste de las vicisitudes humanas, de la ley implacable de las necesidades sociales: allí se debe atacar de frente todas las costumbres, hasta las más inocentes; es necesario que todo allí advierta constantemente de que nada es estable, y que la vida del hombre es un viaje a una tierra de exilio.»

Pero a nuestro modo de ver los viajes terrestres no son ni monótonos ni tristes; las leyes sociales no son implacables; las costumbres que hay que atacar de frente tienen que dar pie a una renovación sin parar de maravillas; y el primer confort que deseamos será la eliminación de las ideas de este tipo, y de las moscas que las propagan.

¿Qué podrá saber nunca Le Corbusier de las necesidades de los hombres?

Las catedrales ya no son blancas. Y por eso estáis viendo qué contentos estamos. El «ensoleamiento» y el lugar bajo el sol, ya sabemos a qué no suena −órganos y tambores M.R. P.[derecha de gobierno francesa, N. del T.]− y los pastos del cielo donde van a pastar los arquitectos difuntos. Quiten al buey, es vaca.

Internacional letrista

Potlatch nº 6, 20 de julio 1954 (1954, pp. 143-5)

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Archivado bajo Guy Debord, Potlatch, situjihadism, traducción original

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