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La radicalización del situjihadismo

En toda revolución se viven momentos tan decisivos que abrogan el mundo tal y como lo conocíamos hasta entonces. Ese momento ha llegado hoy para el capitalismo cuando los obreros libios de las plantas petroleras han decidido parar la producción de crudo que consumimos en Europa. La revolución situjihadista en Túnez y  Egipto no había tenido hasta ahora ninguna consecuencia reseñable en la economía europea: con la revolución situjihadista en Libia llegamos a una nueva fase que puede hacer tambalear el orden instaurado por las corporaciones petroleras (es decir, Repsol tiene un problema). Saludamos pues la radicalización del situjihadismo que convierte esta revolución en una lucha libertaria, antisionista y anticapitalista.

Libertaria, porque las multitudes arrancan su libertad y esa forma de apoderarse de sus vidas no tiene parangón con libertades formales que no puedan realmente ejercerse. Vemos que en Egipto el pueblo rechaza masivamente los sucesivos gobiernos mubarakianos que el ejército trata de normalizar de cara al exterior, sobre todo de cara a los Estados Unidos. La revolución es libertaria porque hay una auténtica explosión de deseos, iniciativas y luchas que no se ciñen a lo meramente político, sino que afectan a la posesión plena de la vida cotidiana.

Antisionista, porque el orden imperante de los dictadores árabes estaba hecho a medida para vender la propaganda israelí según la cual Israel era la única democracia de Oriente Medio. Nada más sintomático que leer a un patético BHL proclamar en El País que en la plaza Tahrir no había mensajes antisionionistas. Acaso BHL no quiere saber que si Mubarak era tan odiado, además de por su crueldad, su corrupción y su soberbia, se debía en gran medida al apoyo que el dictador brindó a Israel para matar a los palestinos de Gaza. “Hoy Egipto, mañana Palestina”, cantan las multitudes, sabiendo muy bien a qué se refieren.

Anticapitalista, porque los aliados de los dictadores, las corporaciones del gas y del petróleo, son los enemigos de las multitudes en cólera. Porque la poesía  revolucionaria recorre las calles, las paredes de las comisarías okupadas, las pancartas enarboladas en las plazas. Porque las situaciones de lucha ponen frente a frente a los obreros en huelga y a los directivos del sistema. Porque el mensaje más repetido en los diferentes escenarios situjihadistas es “La gente quiere derrocar al sistema”. Y el sistema que están derrocando se inscribe desde hace décadas en el orden mundial capitalista que impera en todo el planeta.

No es la primera revolución situacionista que triunfa, como dice Mehdi Belhaj Kacem, porque además de la victoria de las multitudes sin partidos que monopolicen su representación, es la victoria del islam sobre los islamismos políticos de viejas fórmulas, ya sean jerárquicas o terroristas. No es una revolución situacionista, es situjihadista, porque el esfuerzo colectivo (jihad) que protagonizan las multitudes musulmanas no tiene parangón con la (loable) movilización de una vanguardia en un contexto de marxismos urbanos varios como el que se dio en París en mayo del 68. No es una revolución árabe, como se empeñan en presentarla blogs y periódicos, porque el islam es un factor si cabe más importante que la procedencia cultural común árabe. Mis pronósticos de la semana pasada se quedaron muy cortos: la revolución no derivará en una extensión del fukuyamismo, sino en la superación por y en las situaciones de jihad de los marcos pasados de lo político. La radicalización del situjihadismo exige hoy una interpretación revolucionaria de los acontecimientos más insólitos.

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Programa de la revolución situjihadista

Para Carlos Sardiña Galache

 

La inminente caída de Mubarak es un terremoto político que pone la situación de la insurrección situjihadista en su punto más decisivo, con una disyuntiva sin medias tintas: o la victoria de la revolución popular en todos los frentes y la expansión progresiva en todo el espacio del islam, o la represión sanguinaria del pueblo por el ejército. Creo que esta victoria in extremis de la dictadura no va a suceder, y que podemos programar las diferentes cuestiones desde la perspectiva de una victoria total de la voluntad del pueblo y el éxito de su estrategia situjihadista. Creo que la contra-revolución no va a tomar la iniciativa porque los reaccionarios están absolutamente desconcertados y desconectados de la realidad social en las calles, del mundo moderno y de las armas cibernéticas, que son ni más ni menos que la decisión emancipadora colectiva y libre puesta en acción.

El problema de los análisis que se muestran escépticos ante la idea de pensar la democracia ya iniciada en Egipto es que prefieren contemplar la posibilidad del poder en manos de Suleiman o del ejército, porque es la solución americana, y occidental en definitiva, antes de pringarse en la realidad inconmensurable de la autodeterminación de un pueblo duramente oprimido durante décadas. El ejército puede controlar las calles, pero no puede poner las fábricas en marcha ni sustituir a los médicos, a los jueces, a los profesores y a los barrenderos. La extensión de las luchas en todas las esferas de la sociedad y de la economía ha llegado a un punto de madurez tal, debido a la ineptitud pobremente violenta de la dictadura, que ninguna vuelta atrás a la normalidad parece posible.

Wael Ghonim, que podemos considerar ya uno de los líderes legítimos de los jóvenes en cólera, tiene una larga y profunda experiencia en software libre, de forma tal que no debe resultarle nada difícil adelantar las jugadas que van a marcar los hitos más grandiosos del porvenir más próximo: la organización no-centralizada de la vida social de la población de tal forma que las redes constituidas por intereses compartidos prevalezcan sobre las pequeñas decisiones cortoplacistas; a su vez, la disolución imparable del imperio de la corrupción y la violencia terrorista desde el Estado; y finalmente, la emergencia de la filosofía/tejné ubuntu como modus operandi en un contexto de reorganización desde las bases de todos los aspectos de la producción, distribución y desarrollo de los productos de consumo, y de experimentación, sin límites, de los avances puestos a disposición por las nuevas tecnologías libres de la información: para decidir, expandir las luchas y crear nuevas alianzas.

Un poeta egipcio decía ayer: “Dejad los viejos poemas y los viejos cuadernos, y traedme una poesía como esta”, refiriéndose a la revolución. El sabio sufí dice a sus discípulos: “Traedme carne fresca”. Solo la belleza de un revolución puede refrescar las ideas matriciales tan manoseadas de la democracia, la libertad y la belleza. El vigor de esas palabras en árabe viene dado hoy por lo concreto de su realización, sin preámbulos intimidatorios. La utopía, eso que quisieramos desear pero que el hechizo de la historia del siglo XX nos ha prohibido, a nosotros, los europeos, debe ser autorizada, -como propone Camille de Toledo en El haya y el abedul-, por la creación de un común compartido. Pero en el caso de la revolución situjihadista, esa utopía es el presente mismo vibrando en las TAZ que se alzan por puro afloramiento de la vida sin cortapisas, en el valle del Nilo que ya una vez nos dio a un Moisés llamado a llevarnos a la Tierra Prometida.

 

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La caída del sionismo: sobre las revoluciones situjihadistas en Túnez y Egipto

Venga, se me va a odiar por ser tan pesado, que si otra vez el situjihadismo, que además no se sabe ya muy bien qué es, y parece un poco oportunista, cuando además ya lo saqué a relucir en tantas ocasiones anteriores, como en Irán. Pero no tengo más remedio que nombrar lo que veo, lo que leo, lo que escucho. La revolución. ¿Por qué situjihadista?

Empecemos por dónde pueda, por ejemplo en lo que sucede ahora en Túnez, la gente ha rechazado al gobierno provisional, continuista de facto de la dictadura socialista sionista pro-occidental, y ha reinventado libremente las ocupaciones de los centros de poder. Efectivamente, siempre hay algunos que quieren volver al trabajo y a la “normalidad”, pero la mayoría descubre la experiencia inédita de la libertad y, con la virginidad de una sociedad no encorsetada por lo que tienen que perder, que es tan poco, lo quieren todo, y lo más importante, sin compartirlo con los esbirros de ayer. La actitud situjihadista está también presente en las movilizaciones de ayer, que se prolongaron hasta esta madrugada, en Egipto. Los gritos son inequívocos: que caiga el régimen.

Ni revoluciones islámicas, ni árabes (pese a la borrachera de himnos y banderas nacionales), estas revoluciones en su profundidad performativa son una combinación de estrategias situacionistas y jihadistas que confluyen en una experiencia inédita de rechazo al dictador, lo espectacular concentrado, y a la esclerosis social provocada por el sionismo y el capitalismo salvaje en los países árabes, lo espectacular difuso. No es una revolución islamista, ni siquiera post-islamista, porque los manifestantes no siguen las instrucciones de líderes en tanto que musulmanes, sino que se unen en pie de igualdad en una conspiración de cómplices en la Red. Pero no nos engañemos: ni youtube, ni facebook, ni twitter, ni Al-Jazeera, ni los blogs son fines, son solo medios adecuados para una revolución que ha ido madurando durante décadas y que ya nada ni nadie puede detener.

Y entre las perdedoras que no pueden detener esta marea situjihadista se encuentran las diplomacias europeas y americana, basadas en un criterio ridículo, infame y asesino: un sionismo ciego que ha impuesto unos regímenes colaboracionistas, sionistas árabes, que van a derrumbarse una vez que caiga Mubarak. La diplomacia israelí, ocupada últimamente en gilipolleces y mentiras, no ha podido hacer nada para salvar a Ben Ali, y no podrán salvar al Carnicero del Nilo. Los pueblos van a organizarse libremente en cooperativas que ya están en gestación, donde ni las viejas izquierdas ni los sindicatos cavernarios podrán fácilmente apropiarse de la representación de los demás. Los europeos vamos a ver la historia del siglo veinte rebobinada, y con un nuevo final que no será sino la superación real de la condición servil.

Evidentemente, los peligros están ahí: los mitos: la independencia del ejército tunecino. La transición a la española, con Al-Baradei o con Moncef Marzouki. La revolución trotskista. Son todos ellos obstáculos simultáneamente esperpénticos y reales, desgraciadamente, para la plena toma de conciencia de los iracundos de la teoría de su ira. No hay más camino que la ruptura vertiginosa con las legitimidades establecidas, incluidas por supuesto las de las patrañas izquierdistas. La democracia debe  convertirse en una utopía proyectada en los circuitos cooperativos de la situación concreta de cada población. Las premisas viciadas de análisis de los periodistas, indefectiblemente, tenderán a posicionar los avances en una vuelta a la normalidad que no es más que la reacción. Solo la conciencia de la revolución garantiza en Túnez y Egipto, los dos países que están liderando este momento histórico, una inteligencia de la liberación que trasciende el marco caducado de los medios de comunicación corporativos occidentales y, como no puede ser de otro modo, sionistas.

Actualización del 27 de Enero: Segundo día de manifestaciones en Egipto, esta vez muy violentamente reprimidas, pero la brutal torpeza del régimen es ya inútil. La caida de Mubarak es ya una cuestión de semanas, días.

Violencia policial en Egipto

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¿Por qué el letrismo? I (Guy Debord)

Potlatch nº 22 – 9 de septiembre de 1955

¿POR QUÉ EL LETRISMO?

1

La última posguerra en Europa parece tener que ser definida sin más remedio como históricamente el periodo del fracaso generalizado de los intentos de cambio, tanto en el orden afectivo como en el orden político.

Cuando invenciones técnicas espectaculares multiplican las posibilidades de construcciones futuras, y simultáneamente los peligros de luchas sociales, asistimos a un estancamiento de las luchas sociales y, en el plano mental, a una reacción total contra el movimiento de descubrimiento que ha culminado en torno a 1930, cuando se asociaron las reivindicaciones más amplias al reconocimiento de los medios prácticos para imponerlas.

Como el ejercicio de esos medios revolucionarios ha demostrado ser decepcionante, en el periodo que fue del progreso del fascismo a la Segunda Guerra Mundial, el retroceso de las esperanzas que se les habían unido era inevitable.

Tras la liberación incompleta de 1944, la reacción intelectual y artística se desencadena en todas partes: la pintura abstracta, momento simplón de una evolución pictórica moderna donde no ocupa sino una lugar bastante ingrato, ha sido presentada por todos los medios publicitarios como el fundamento de una nueva estética. El alejandrino está abocado a un renacimiento proletario del que hubiera prescindido el proletariado como forma cultural con tanta soltura como prescindió de la cuadriga o del trirreme como medios de transporte. Subproductos de la escritura que causó escándalo, y que no habíamos querido leer, hace veinte años, obtienen una admiración efímera pero rotunda: poesía de Prévert o de Char, prosa de Gracq, teatro del cretino atroz Pichette, todos los demás. El Cine, donde los diferentes procedimientos de puesta en escena anecdótica son usados hasta la saciedad, proclama su porvenir en el plagiario De Sica, encuentra lo nuevo −el exotismo mejor dicho− en unas cuantas películas italianas donde la miseria ha impuesto una forma de rodar algo diferente de las costumbres hollywoodienses, pero tan lejos detrás de S. M. Eisenstein. Sabemos, además, a qué laboriosos tejemanejes fenomenológicos se dedican cietos profesores que, por otra parte, no bailan en los locales nocturnos [caves].

Delante de esta feria apagada y rentable, donde cada redicho tenía sus discípulos, cada regresión sus admiradores, cada remake sus fanáticos, solo un grupo manifestaba una oposición universal y un absoluto desprecio, en nombre de la superación obligatoria históricamente de esos antiguos valores.  Una especie de optimismo del invento cumplía la función de rechazo, y de afirmación más allá de esos rechazos. Había que reconocer, a pesar de sus muy diferentes intenciones, ese rol sanador que Dadá asumió en otra época. Se nos dirá tal vez que recomenzar un dadaísmo no era una empresa muy inteligente. Pero no se trataba de rehacer un dadaísmo. El gravísimo retroceso de la política revolucionaria, ligado al descalabro cegador de la estética obrera afirmada por la misma fase retrógrada, devolvía al confusionismo todo el terreno donde causaba estragos treinta años antes. En el plano del espíritu, la pequeña burguesía sigue detentando el poder. Después de algunas crisis rotundas su monopolio se ha extendido todavía más que antes: todo lo que se imprime actualmente en el mundo −ya sea la literatura capitalista,  la literatura del realismo socialista, la falsa vanguardia formalista dedicada a vivir de las formas caídas en el dominio público, o las agonías podridas y teosóficas de ciertos movimientos antaño emancipadores− se inscribe completamente en el espíritu pequeño-burgués. Bajo la presión de las realidades de esta época, será indispensable acabar con ese espíritu. Desde esta perspectiva, todos los medios son buenos.

Las provocaciones insoportables que el grupo letrista había lanzado, o preparaba (poesía reducida a letras, relato metagráfico, cine sin imágenes), desencadenaban una inflación mortal en las artes.

Nos sumamos a él entonces sin dudarlo.

[continuará en seis partes y una coda /colmo: págs. 194-203]

 

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El rascacielos por la raíz

En esta época cada vez más situada, en todos los ámbitos, bajo el signo de la represión, hay un hombre particularmente repugnante, mucho más poli que la media. Construye celdas unidades de habitación, construye una capital para los nepaleses, construye getos en vertical, construye morgues en un tiempo que bien las emplea, construye iglesias.

El “protestant modulor”, el Corbusier-Sing-Sing, el mamarachista de costras neocubistas pone en marcha la «máquina para vivir» para mayor gloria del Dios que ha hecho a su imagen las caroñas y los corbusiers.

No se toleraría que se olvidase que si el Urbanismo moderno no ha sido aún nunca un arte −y aún menos un marco donde vivir−, sin embargo siempre ha estado inspirado por las directrices de la Policía; y después de todo Haussmann no nos ha montado esos bulevares sino para traernos más cómodamente  cañones.

Pero hoy la cárcel se convierte en el habitáculo-modelo, y la moral cristiana triunfa sin réplica, cuando nos enteramos de que Le Corbusier ambiciona suprimir la calle. Porque lo enorgullece. He ahí su auténtico programa: la vida definitivamente partida en islotes cerrados, en sociedades vigiladas; el fin de las oportunidades de insurrección y de encuentros; la resignación automática. (Apuntemos de paso que la existencia de los automóviles le sirve a todo el mundo −salvo, por supuesto, a esos cuantos «económicamente débiles»−: el prefecto de la policía que acaba de morir, el inolvidable Baylot, declaraba en ese sentido después del último desfile del bachillerato, que las manifestaciones en la calle eran a partir de ahora incompatibles con las necesidades de la circulación. Y todos los años en la Fiesta Nacional, el 14 de Julio, nos lo demuestran.) Con Le Corbusier, los juegos y los conocimientos que podemos esperar recibir de una arquitectura realmente transformadora −el extrañamiento cotidiano− son sacrificados en el contenedor de la basura que nunca se utilizará para la Biblia reglamentaria, que ya está en su sitio en los hoteles de los EEUU. Hay que ser muy tonto para ver en ello una arquitectura moderna. No es más que un regreso en tromba del viejo mundo cristiano mal enterrado. A comienzos del siglo pasado, el místico lionés Pierre-Simon Ballanche, en su «Ciudad del as Expiaciones» −cuyas descripciones prefiguran las «ciudades radiantes»− ya había expresado este ideal para la existencia:

«La Ciudad de las Expiaciones debe ser una imagen viva de la ley monótona y triste de las vicisitudes humanas, de la ley implacable de las necesidades sociales: allí se debe atacar de frente todas las costumbres, hasta las más inocentes; es necesario que todo allí advierta constantemente de que nada es estable, y que la vida del hombre es un viaje a una tierra de exilio.»

Pero a nuestro modo de ver los viajes terrestres no son ni monótonos ni tristes; las leyes sociales no son implacables; las costumbres que hay que atacar de frente tienen que dar pie a una renovación sin parar de maravillas; y el primer confort que deseamos será la eliminación de las ideas de este tipo, y de las moscas que las propagan.

¿Qué podrá saber nunca Le Corbusier de las necesidades de los hombres?

Las catedrales ya no son blancas. Y por eso estáis viendo qué contentos estamos. El «ensoleamiento» y el lugar bajo el sol, ya sabemos a qué no suena −órganos y tambores M.R. P.[derecha de gobierno francesa, N. del T.]− y los pastos del cielo donde van a pastar los arquitectos difuntos. Quiten al buey, es vaca.

Internacional letrista

Potlatch nº 6, 20 de julio 1954 (1954, pp. 143-5)

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El mínimo de la vida

No se dirá nunca demasiadas veces que las reivindicaciones actuales del sindicalismo están condenadas al fracaso; debido menos a la división y a la dependencia de estos organismos reconocidos que a la indigencia de los programas.

No se les dirá nunca demasiadas veces a los trabajadores explotados que se trata de sus vidas insustituibles en las que todo podría realizarse; que se trata de sus años más bellos y que están pasando, sin ninguna alegría válida, sin tan siquiera haber tomado las armas.

No hay que pedir que se garantice o que se aumente el «mínimo vital», sino que se renuncie a mantener a las masas al mínimo de la vida. No basta con pedir sólo pan, sino también juegos.

En el «estatuto económico del obrero no cualificado», definido el año pasado por la Comisión de los convenios colectivos, estatuto que es una insoportable injuria a todo lo que aún cabe esperar del hombre, la parte del ocio —y de la cultura— se fija en una novela policíaca de la Serie Negra al mes.

No hay más evasión.

Y además, con su novela policíaca, tanto como con su Prensa y su Cine del otro lado del Atlántico, el régimen extiende sus cárceles, en las que no queda nada que ganar — y nada que perder que no sean sus cadenas.

La vida está pendiente de ser ganada allende.

No es la cuestión de los salarios la que hay que plantear, sino las de la condición estipulada para el pueblo en Occidente.

Hay que negarse a luchar dentro del sistema para obtener concesiones de  detalles inmediatamente cuestionadas o recuperadas en otro punto por el capitalismo. Lo que debe ser radicalmente planteado es el problema de la supervivencia o de la destrucción de este sistema.

No hay que hablar de entendimientos posibles, sino de realidades inaceptables: pregunten a los obreros argelinos de la fábrica Renault, ¿dónde están sus esparcimientos, y su país, y su dignidad, y sus mujeres?, pregúntenles, ¿qué esperanza pueden albergar? La lucha social no debe ser burocrática, sino apasionada. Para juzgar los resultados desastrosos del sindicalismo profesional, basta con analizar las huelgas espontáneas de agosto de 1953; la firmeza de la base; el sabotaje por las centrales oficiales: el abandono por parte de la CGT que no ha sabido provocar la huelga general ni utilizarla cuando se extendía victoriosamente. Al contrario, tenemos que concienciarnos de algunos hechos que pueden introducir pasión en el debate: el hecho por ejemplo de que por todas partes existan amigos nuestros, y que nos reconozcamos en su combate. El hecho también de que la vida pasa, y que no esperamos compensaciones, fuera de las que podamos inventar y construir nosotros mismos.

Es sólo una cuestión de valentía.

Para la Internacional letrista:

Michèle I. Bernstein, André-Frank Conord, Mohamed Dahou, G.-E. Debord, Jacques Fillon, Gil J Wolman.

Potlatch nº 4, 13 de julio de 1954, (1954, p. 142).

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Crítica a la insuficiencia de las ambiciones surrealistas

[…] Bueno, tengo cada vez más la certeza de que las ambiciones surrealistas, con todo su arsenal, no son sino un esfuerzo hacia una parte de lo que queremos.

-cfr. el poder que otorgaron a la poesía, su espera, el mustio ocultismo de su senilidad, su ignorancia total de de la Economía Política, su profunda incomprensión de la evolución de las artes, en la que por cierto participaron brillantemente. Pero es sintomático poder constatar que Breton no piensa nada, no sabe nada, no quiere decir nada a popósito de la novela, −del teatro−, de la música, [y muy poco sobre el Cine]. En estas disciplinas ignora a Joyce, ignora a Pirandello, ignora incluso a Erik Satie −cuya vida sin embargo le tocaría−. Del mismo modo nunca supo intervenir en estas artes sino con juicios de orden moral sobre la personalidad de los autores,  lo cual es estúpido (estoy de acuerdo en general con la posición moral del surrealismo, pero no con su uso confusionista en la crítica del arte). Por ejemplo Griffith, unos de los mayores creadores del cine, es racista. Al tipo habría que tumbarlo concretamente, pero El nacimiento de una nación, aunque elogie al Ku Klux Klan, es una de las diez mejores películas que se hayan hecho.

La misma impotencia empujaba recientemente a los jóvenes surrealisas (en el 51) a atacar a Bresson (el único director que se ha atrevido a tener el presentimiento, con debilidad, de una supremacía de la palabra sobre la imagen) porque su película era JOURNAL D’UN CURÉ DE CAMPAGNE. Nosotros defendimos a Bresson con bastante violencia, aunque personalmente me parece que su película es aburrida como la lluvia, y que efectivamente detesto que se haga una película sobre el clero. ¿Me sigues, no?

Todo esto para decir […] que el surrealismo no nos ha enseñado ni tan siquiera esa distancia del desprecio a la estética con la que jugaba, sino DADA.

Dada, y no el surrealismo, se reía con los recursos del poeta, y lanzó esa forma de pensar − y que a pesar de todo sigue siendo eficaz− que hoy comparte hasta el último cretino recién llegado: el eterno grano  de los [que están] en ruptura con el penúltimo conformismo y no pueden sino meterse de lleno en el último (de esta no saldremos vivos… gustarte o no gustarte fulano o mengano…) […] (1953, pp. 113-4).

 

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