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La Intifada en Arabia Saudí

¿Dónde han aprendido los jóvenes saudíes a manifestarse políticamente, con consignas antisectarias, pancartas, ritmos y toma de la calle? En Palestina. ¿Dónde han aprendido a enfrentarse a las balas reales escabulléndose y respondiendo con piedras? En Palestina. ¿Dónde han visto cómo se forma una columna de manifestantes coreando al unísono un eslogan? En Palestina. Hoy todo el mundo árabe ha recibido una educación sentimental en Palestina. Una educación política. Una educación combativa. Las balas y las bombas de Gaddafi son como las del ejército de ocupación israelí, las balas del régimen yemení, saudí, bahreiní, argelino, son como las balas de la colonización israelí de Palestina. Toda la represión remite a la represión de un pueblo orgulloso por su propia historia de desposesión total, toda la impunidad remite a la impunidad abalada por la comunidad internacional durante décadas. Toda la revolución situjihadista es un eco de la Intifada palestina.

Los palestinos han enseñado a los árabes a resistir, a organizarse, a sobrevivir, a defenderse. Los palestinos han marcado la senda de la lucha contra toda la sofisticación militar y propagandística. En el supuesto desierto de Arabia Saudí, donde el islamofacismo saudí ha campado a sus anchas con la denominación culta de wahhabismo, durante décadas, descubrimos hoy a una juventud que se levanta para pedir justicia por encima de diferencias sectarias, justicia por encima de la ignorancia, la mediocridad, la corrupción y el despotismo. Ha sucedido el acontecimiento en el corazón del bombeo de petróleo, en el país que no deja ni un derecho cívico para la mitad de la población, las mujeres, en el país que más ha apoyado a Israel a pesar del asqueroso antisemitismo oficial de sus gerontocracia compuesta por ladrones, príncipes infames, ulemas oscurantistas y cómplices activos del terrorismo de Al Qaeda. Los jóvenes saudíes demuestran hoy el mismo valor que los libios luchando contra Gaddafi, el mismo valor que los tunecinos, los egipcios, los palestinos, los iraníes y todos los que luchan contra la opresión.

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Consideraciones sobre la revolución situjihadista, de Túnez a Libia


El mérito del escritor y filósofo franco-tunecino Mehdi Belhaj Kacem a la hora de escribir la revolución en Túnez, instalándose en ese país, consiste en haber dado el pistoletazo de salida a la exégesis en directo del acontecimiento, el renacimiento tunecino, como ha querido llamarlo. En un dossier que se va publicando en La Règle du Jeu, Mehdi Belhaj Kacem ha ido esbozando su reflexión al paso de la revolución, un elogio de la política recuperada y una despedida de sus mentores en la filosofía, Badiou y Zizek. El ajuste de cuentas con su maestro francés me parece más bien secundario, aunque contenga buenas dosis de limpieza del pensamiento filosófico de MBK. Bienvenido sea todo ejercicio de depuración epistemológica.

Pero lo que quiero yo es pensar en mis propias consideraciones sobre lo que él nos plantea. Por de pronto, y aún a riesgo de cierta osadía, creo que es un error querer ceñir el acontecimiento tunecino desatándolo de lo que sucedió después en Egipto, de lo que sucede hoy en Libia, y de lo que sucederá pronto en Arabia Saudí, Siria o Jordania. Que la revolución haya empezado en el país “probablemente más laico del mundo árabe” es un hecho, no una explicación. Tal vez las formas más ridículas del laicismo oficial se acumularon con versiones de  islamismo de pacotilla desde el poder del benalismo para llevar hasta el punto máximo de cólera el ánimo de la población. También es un error plantear la revolución tunecina en la onda de una metafísica de la Ley, del Derecho, de la Libertad “por derecho”, frente al igualitarismo ciego al que MBK torpedea y bombardea con todo tipo de malos calificativos, cuando la revolución, no tunecina, sino situjihadista, contiene precisamente una salida de la metafísica de la Ley (la Sunna islamista) para entrar en la pedagogía del vértigo andalusí: el constante cuestionamiento de las bases de la legitimidad política, cultural, poética, por una multitud por fin liberada del pensamiento esencialista (totalitario, ideológico o religioso).

Bien es cierto que MBK pretende hacer un ejercicio de análisis fuera de la Metafísica Islámica para introducirnos en una Metafísica marxista. “Un marxista de derechas”, ya que él mismo acaba incluso identificándose con esos términos, siguiendo supuestamente a Kojève. Y se equivoca solo en parte, solo en el segundo movimiento. La revolución situjihadista sella el final del comunismo futuro tanto como el del islamismo pasado. MBK nunca encontrará en los EEUU las condiciones para un posible comunismo con la libertad, porque Obama no anuncia sino la continuidad de un desastre imparable, el del capitalismo descompuesto. Pero, más grave aún, MBK elogia incluso a la diplomacia americana, en un ejercicio de supuesta abertura que delata su confusión definitiva. En efecto, el frenazo de la revolución situjihadista en Libia, tras el grandísimo progreso revolucionario alcanzado en Egipto, se debe a que la dictadura libia cuenta con muchos medios bélicos comprados a países occidentales, mientras que Obama ha perdido toda influencia sobre países como Italia, que no ha roto sus lazos con Gaddafi. Nunca los EEUU habrán sido tan débiles políticamente, tan agotados como potencia influyente, probablemente desde su nacimiento como nación.

Quien puede decidir el resultado de la Guerra Civil en Libia no es otro que el pueblo libio, que necesitará nuestro apoyo constante, en forma de exégesis, transmisión y defensa de su causa públicamente. La valentía de los hombres que están defendiendo el territorio liberado necesita una retaguardia sólida, internacional, que no se centre en los particularismos y en las alabanzas de lo que ya se ha conseguido. El camino hacia la revolución en todo el mundo será largo, y necesitará de las mejores capacidades de reflexión para secundar a los que luchan en provecho de todos.

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La lección libia

“Il faut rassurer les Français sur toutes les migrations de populations qui viendraient de la Méditerranée. Après tout remettons-les dans les bateaux!”

Chantal Brunel, diputada y exportavoz del gobernante UMP en Francia, 08/03/2011

 

Los revolucionarios libios no aguantan la batalla contra las tropas leales y los profesionales de Gaddafi. Se habla de pilotos sirios, y en Italia el dictador aún cuenta con muchos fieles. La lección libia nos dice que el combate militar no basta, y que hay que forzar la ruptura financiera de la UE con la familia más ladrona de Trípoli. Libia está rodeada de dos países encaminados definitivamente hacia el futuro revolucionario, pero tiene que luchar contra un equipamiento militar europeo muy reciente. Berlusconi está detrás de las fuerzas leales al régimen dictatorial, pero ningún país europeo ha exigido una explicación a su vecino de la Unión. Otra violencia más imprevisible y reaccionaria, neofascista y tenebrosa,  se extenderá  a otros países si no somos capaces de corregir la inoperancia europea frente a la voluntad criminal de dichos brutos, mafiosos y sanguinarios payasos.

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El contraislam y la revolución situjihadista

Las revoluciones solo son situaciones de la revolución. Cuando Antonio Elorza en Letras Libres publica un artículo islamófobo, llamado evidentemente El islam y la libertad, recupera lo que el partido comunista hizo en Francia en mayo del 68: la defensa de la reacción desde la contrarrevolución activa. Todo lo que plantea el catedrático de Ciencias Políticas es la extensión de los prejuicios colonialistas y el agenciamiento de los tópicos par maquillar la revolución situjihadista como remake de la “revolución islámica” en Irán.

Antonio Elorza nos dice que en Egipto y Túnez no hay una revolución, sino una revuelta. Que además, la revuelta en esos países se debe a que los regímenes eran, atención, “autoritarios”, y que por ello no machacaban toda pluralidad, sino que toleraban una mínima construcción de sociedad civil. Antonio Elorza nos dice, en definitiva, que los regímenes no eran tan malos, porque por eso ha habido un cambio posible. Vaya. Y también nos dice que las revueltas carecen de contenido ideológico, pero que la opinión pública está motivada por un amplio “antisemitismo”, y que en cualquier caso, los Hermanos Musulmanes, evidentemente, controlarán con su penetración en la sociedad la orientación política del país. Eso nos viene a decir Antonio Elorza.

También nos habla maravillas del tándem Obama-Clinton. De forma tal que cuando el aliado de EEUU en la zona, Mubarak, cae, es una victoria personal del presidente americano. Cuando el aliado de Israel paga con su derrocamiento el crimen de asfixiar a la población de Gaza, es una bonita jugada de la Casa Blanca. Cuando la invocación de la estabilidad en la zona es el leit-motiv de la diplomacia americana, se está apoyando la democracia. Ese es el planteamiento de Antonio Elorza, una mezcla de torpeza en el análisis y un voluntarismo prosionista apenas velado por una tibia crítica a Netanyahu.

Pero no es eso lo que ocurre en Egipto. En Egipto el pueblo está construyendo un futuro contra las oligarquías, los sistemas de corrupción y la violencia policial. La revolución situacionista en mayo del 68 planteó la ruptura con el espectáculo, del que participaban tanto el aparato gaullista como el aparato de la izquierda, incluyendo sindicatos y partidos. De igual modo, en Egipto los jóvenes no han hecho la revolución para los Hermanos Musulmanes. El país, nos recuerda Hossam el-Hamalawy, lleva diez años gestando una revolución propalestina, socialista y libertaria.

Desgraciadamente, las tendencias conservadoras del islam oficial de Mubarak están haciendo todo lo posible por desvirtuar lo revolucionario del movimiento popular. Sabemos que no lo conseguirán, porque la fuerza del yihad colectivo emprendido por la población contra los símbolos y las estructuras de la opresión no podrá ser detenido por fuerzas en retroceso, no en el sentido posislamista que argumenta Olivier Roy recogido por Elorza, sino en el sentido situjihadista que propongo como definición global de la revolución en marcha. Toda la radicalidad situacionista con todo el compromiso del islam libertario. Islam político, sin duda.

No hay, en definiva, un islam ni una libertad, ni el islam y la libertad contrapuestos, sino múltiples variantes de una civilización que incluyen ahora un contraislam panarabista, antijerárquico, cosmopolita, cibernético, feminista, defensor de los DDDHH y de la mística libertaria. Es el islam que hizo de la plaza Tahrir el epicentro del mundo, el latido libre de la Umma interna y externa, multicultural y pluridentitaria. Es el contraislam que emerge en el Pensamiento Andalusí Contemporáneo y que hace de al-Ándalus el paradigma de la convivencia, más allá de las fórmulas fukuyamistas, más acá de las vidas sin ataduras.

Que la revolución fracase no empañará nunca el significado de lo que ya ha conseguido. En cualquier caso, Israel ya no podrá invocar como hasta ahora que es la única democracia de Oriente Medio. Yo conozco ya dos, en Egipto y Túnez, y espero que se sumen muchas más. Confío en la fuerza de los heroicos libios que están luchando en estos momentos contra el tirano para ver pronto en toda Libia la próxima zona temporalmente autónoma a gran escala, y la intifada global ganar todos y cada uno de los países árabes y no-árabes.

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Huelgas en Arabia Saudí

 

Concentración de tiendas en la Plaza de la Perla de Manama, en Bahrein.

La noticia pueda resultar anecdótica, nimia, un mero suceso, pero también puede interpretarse como el primer síntoma de una ola mucho más importante. Se trata de una huelga de cincuenta empleados de un call-center a su vez subcontratado por la Sociedad Nacional de Aguas de Arabia Saudí. Lo primero es un poco de hermenéutica: no llego a este enlace con la noticia por azar, o a base de leerme la soporífera prensa económica de Arabia Saudí, sino por un cuace mucho más mainstream en estos tiempos revolucionarios: un bookmark  de enlaces de 3arabawy, un blog imprescindible para seguir la actualidad revolucionaria en Egipto y Túnez. Y sin duda no me hubiera llamado la atención el tag strike que lleva años apareciendo en sus bookmarks si no estuviera acompañado del tag Saudi Arabia. Quiero decir que la organización perfecta, metódica, de la centralización de noticias para acompañar el movimiento revolucionario transfronterizo en el mundo árabe da los frutos maduros de una comunicación de masas a través de la Red.

Yendo ahora un poco más cerca del hecho concreto, la huelga de empleados de una empresa de atención de llamadas subcontratada por una empresa básica en cualquier país, encargada de la gestión del agua, y sobre todo en un país como Arabia Saudí, es una advertencia muy seria para la oligarquía que roba al país. Los empleados de un sector banal, una empresa de servicios, pueden romper con el miedo, la mansedumbre y protagonizar un ejercicio sindical desde una postura fuerte. Se ha comentado en múltiples ocasiones cómo los empleados de empresas de atención de llamadas son un ejemplo de seres desterritorializados, en novelas indias, en columnas memorables de Ignacio Escolar, hasta en películas de comedias románticas, porque los empleados hablan a veces con personas a cientos o miles de kilómetros obviando la distancia y el vértigo de las lejanías geográficas. Nadie más sensible a las noticias que bombardean el espectro televisivo que un joven empleado de una empresa recibiendo llamadas. Si además los huelguistas son súbditos de una monarquía tan cerrada, paradójicamente entenderán en toda su claridad que son ellos los que pueden mejor enfrentarse a unos jefes en el limbo.

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Libia no es Haití

La intifada libia no es una catástrofe natural. La intifada libia es como la intifada palestina, sangrienta pero solemne. La intifada libia no necesita la movilización de las ONG’s como se movilizaron detrás del tsunami. Somos nosotros los que debemos tener la humildad de admirar el control autónomo de la población de las ciudades del Este del país. Más frialdad. Silencio. Un pueblo está acabando con un dictador. La intifada libia es poética. Hay mucho sufrimiento, un sufrimiento enorme, pero hay también un momento histórico que no admite interferencias. Que Trinidad Jiménez deje de enfatizar el enfado de sus cejas para amenazar como una profesora a un niño malo. Quiero ver a Europa por el suelo implorar al pueblo libio que los obreros reanuden la actividad de extracción de bruto. Quiero ver las imágenes truculentas del linchamiento de Gaddafi y sus hijos.  Quiero  ver a un pueblo matando a un tirano. Y quiero que nos pongan esas imágenes en las televisiones como nos pusieron el fusilamiento de Ceaucescu o el ahorcamiento de Saddam Husein. Quiero ver a Berlusconi acojonado. Quiero ver al rey de Arabia Saudí temblando de miedo. Quiero ver tribalismo puro y duro ensañándonse con los mercenarios africanos como los almohades con los castellanos en Alarcos. Y quiero ver al pueblo libio llevando la revolución hasta que cause el terror del capitalismo.

Ya lo hemos hecho en múltiples ocasiones, en Afganistán seguimos haciéndolo. Bajo la excusa de proteger, de la intervención humanitaria, se coloniza, se corrompe, se roba, se maltrata y e insulta a los pueblos protegidos. Los protectorados, ese término que empleó el imperialismo para dominar a los pueblos, fueron el instrumento legal para “acompañar a las jóvenes naciones en la senda hacia el progreso”. Propaganda. Dejemos a los libios acabar el trabajo solos. Han salido a luchar no porque los hayamos convencido de la bondad de la democracia, sino porque estaban tan hartos de Gaddafi que estaban dispuestos a todo. No nos metamos en ese asunto. Si hay Guerra Civil, que la haya. Ganarán los situjihadistas, los muyaidines, los fedayines de Libia. Si la violencia se extiende para combatir a los asesinos, matarlos allí donde se encuentren, que así sea. Si la revolución situjihadista logra derrocar pacíficamente a otros carniceros en el poder, mejor que mejor, pero si tienen que luchar para conseguirlo, no somos nadie para atrevernos a impedirlo.

Es más, el problema es que aquí ya no sabemos ni protestar pacíficamente. Tenemos tanto miedo de perder lo nuestro que tragamos con la indencencia a cucharadas. No daré ejemplos, no tiene ningún sentido mencionar nuestras vergüenzas al lado de la gloriosa insurrección libia. Tampoco comparo lo que sucede allí con lo que sucede aquí. Simplemente constato que no tenemos nada que aportar a la intifada libia. Por de pronto, podríamos seguir conociendo y dando a conocer lo que sabemos y no queremos asumir de nuestra propia miseria ética, moral, política, ciudadana. Las corporaciones energéticas nos roban a pequeña escala como han robado a gran escala durante un siglo hasta hace pocos días a Libia, negociando con Gaddafi a espaldas del pueblo. Si no sabemos enfrentarnos inteligentemente contra Repsol, ¿Cómo vamos a ayudar a los libios?

Libia no es Haití. En Libia el pueblo está caminando hacia una libertad inédita que no viene de  la mano de los partidos políticos. Los únicos referentes son el islam popular, el islam legalista, la retórica residual socialista y una buena dosis de teoría práctica libertaria aprendida en el momento mismo de la revolución. ¿Qué vamos a aportarles, si no sabemos ya cómo librarnos de la hipocresía de los políticos, de la corrupción de las oligarquías, de la dictadura de los bancos y de la amenaza del paro? Libia no es Haití, ni es Nueva Orleans tras el paso del Katrina. Libia es la dignidad luchando contra las armas, los tanques, los aviones que Occidente vendió a Gaddafi.

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La radicalización del situjihadismo

En toda revolución se viven momentos tan decisivos que abrogan el mundo tal y como lo conocíamos hasta entonces. Ese momento ha llegado hoy para el capitalismo cuando los obreros libios de las plantas petroleras han decidido parar la producción de crudo que consumimos en Europa. La revolución situjihadista en Túnez y  Egipto no había tenido hasta ahora ninguna consecuencia reseñable en la economía europea: con la revolución situjihadista en Libia llegamos a una nueva fase que puede hacer tambalear el orden instaurado por las corporaciones petroleras (es decir, Repsol tiene un problema). Saludamos pues la radicalización del situjihadismo que convierte esta revolución en una lucha libertaria, antisionista y anticapitalista.

Libertaria, porque las multitudes arrancan su libertad y esa forma de apoderarse de sus vidas no tiene parangón con libertades formales que no puedan realmente ejercerse. Vemos que en Egipto el pueblo rechaza masivamente los sucesivos gobiernos mubarakianos que el ejército trata de normalizar de cara al exterior, sobre todo de cara a los Estados Unidos. La revolución es libertaria porque hay una auténtica explosión de deseos, iniciativas y luchas que no se ciñen a lo meramente político, sino que afectan a la posesión plena de la vida cotidiana.

Antisionista, porque el orden imperante de los dictadores árabes estaba hecho a medida para vender la propaganda israelí según la cual Israel era la única democracia de Oriente Medio. Nada más sintomático que leer a un patético BHL proclamar en El País que en la plaza Tahrir no había mensajes antisionionistas. Acaso BHL no quiere saber que si Mubarak era tan odiado, además de por su crueldad, su corrupción y su soberbia, se debía en gran medida al apoyo que el dictador brindó a Israel para matar a los palestinos de Gaza. “Hoy Egipto, mañana Palestina”, cantan las multitudes, sabiendo muy bien a qué se refieren.

Anticapitalista, porque los aliados de los dictadores, las corporaciones del gas y del petróleo, son los enemigos de las multitudes en cólera. Porque la poesía  revolucionaria recorre las calles, las paredes de las comisarías okupadas, las pancartas enarboladas en las plazas. Porque las situaciones de lucha ponen frente a frente a los obreros en huelga y a los directivos del sistema. Porque el mensaje más repetido en los diferentes escenarios situjihadistas es “La gente quiere derrocar al sistema”. Y el sistema que están derrocando se inscribe desde hace décadas en el orden mundial capitalista que impera en todo el planeta.

No es la primera revolución situacionista que triunfa, como dice Mehdi Belhaj Kacem, porque además de la victoria de las multitudes sin partidos que monopolicen su representación, es la victoria del islam sobre los islamismos políticos de viejas fórmulas, ya sean jerárquicas o terroristas. No es una revolución situacionista, es situjihadista, porque el esfuerzo colectivo (jihad) que protagonizan las multitudes musulmanas no tiene parangón con la (loable) movilización de una vanguardia en un contexto de marxismos urbanos varios como el que se dio en París en mayo del 68. No es una revolución árabe, como se empeñan en presentarla blogs y periódicos, porque el islam es un factor si cabe más importante que la procedencia cultural común árabe. Mis pronósticos de la semana pasada se quedaron muy cortos: la revolución no derivará en una extensión del fukuyamismo, sino en la superación por y en las situaciones de jihad de los marcos pasados de lo político. La radicalización del situjihadismo exige hoy una interpretación revolucionaria de los acontecimientos más insólitos.

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