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Tranvías de relaciones bárbaras

Robo a los ermitas su calma, robo a los bebedores su recuerdo de yacimientos fenicios, no suele pasar que un acordeón repita las urgencias del Gran Gigante del Norte. Inventémonos un kilo de eficacias contra la sequía de las butacas, un fonógrafo de mentiras para los aspirantes al trono del Gas. Rastafaris se enfrentan con los zombies hooligans de recesiones venecianas, y la humedad de los forrajidos promete un renacer de fibras ópticas. Barro insistentemente los pocos elementos que me recuerdan las semánticas de las tribus a las que pertenezco, me refugio en tranvías de relaciones bárbaras, muchas veces las palabras se esconden para no enfrentarse con la ruptura de los valores vacíos. Los rastros de ciudad fagocitan la juventud, los delirios de ferocidad encierran maravillas africanas y los bárbaros, los bárbaros suben al tranvía del derrumbe de nuestros sueños y nuestras playas. Qué feliz es el niño en el trayecto a la escuela, porque su fantasía se expande en caseríos y en gimnasias, y en alucinaciones textiles. Un alud.

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Connivencias con el poder de El País

Tu mente dejándose llevar por mitos de bailes que  se cumplen: es así en un andén, en un bar de Oporto, en el bar de un museo, de un discoteca o en otro tren. Hasta en un autobús, o cuando hablaste con traficantes de heroína poéticos en una celda o con inmigrantes sabios en un puerto. La verdad es que el Sur se deja en tu mesa mensajes cifrados de helicópteros en vuelo y reyes sin amantes. Tenías ganas de censura y tu presente se enfrentó con su pasado, que eras tú, y recibiste una buena paliza llena de promesas: la juventud. Te tiraste en un ejercicio mortal de irresponsabilidad al mundo de la honestidad intelectual. Saliste fortalecido, pero tus ganas de poder te volvieron a picar. Ya no comentas las noticias, ni bebes como antes: te reservas. Ya solo negocias la  división del mundo desde un pequeño despacho. Los situacionistas te dieron un método y un escritor francés profético una meta: ahora en realidad ya lo estás consiguiendo, aunque apenas se aprecie. Pero sabes que no se lo debes al desierto. La felicidad insolente es una opción vital solamente bella cuando no se descubre otra salida más inocente. Los billetes para el viaje al lenguaje tienen suplemento por frecuencia de uso insólito.

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Una serpiente en la servilleta

Cenaba espaguetis sabrosos, y al pasarme la servilleta por la boca me espantó el contacto con la piel de una serpiente, que salió de la funda de algodón y se me cayó en las rodillas, dándome un susto. Decidí por fin deshacerme de ella: primero la cogí con el plástico al revés para no tocarla, di la vuelta como un bolsillo al embalaje, llené la bolsa de arena fina del desierto que tenía en la biblioteca, y tras cerrar la puerta, me dirigí hacia el bosque. Una vez allí la solté y se alejó rápidamente. Me pude tranquilizar para procurar saber cómo no había notado su peso cuando agarré la servilleta por primera vez.  Después pensé que el peso que no noté y la aparición sólo se explicaban si la serpiente era la metáfora de otra cosa; pensé en el hambre, en la pobreza, en las angustias: tal vez todo junto, y también por separado.

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Jamás visto igual

Realmente la desaparición del mundo dejaría aún abierta la posibilidad de su reproducción en serie, película, videojuego o documental. “Érase una vez el sabotaje general”, se inscribiría en la portada. Como en un autobús que nos llevaría de gira por el valle de crímenes contra la humanidad, posaremos tal vez como modelos en la pasarela de los pasados probables: empezar desde cero, unir cables, montar el guión de la ferocidad ambiental.  La ligera brisa, la suave lluvia, la dulce tarde, sensaciones todas permitidas por ejemplo sólo para los perdedores del futuro y como premio de consolación por los esfuerzos realizados en vida. Y finalmente, un cementerio de las promesas incumplidas, los desastres no evitados y las destrucciones deseadas, se proyectaría en sesión continua en el cine de horror de la calle ocupada, la aldea borrada y el olivo arrancado. Llamar trigo a la tragedia, semilla a la humillación y tierra a la mentira colectiva. Ser todos palestinos de un gran mundo ocupado por la industria aficionada a las electrocuciones colectivas. No hay nada como la copia para capitalizar las pérdidas irreparables. Mala sería la recaudación si no fuera sin precedentes.

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Una frase sefardí

El maestro escribió en árabe en la pizarra una frase, podía ser “La paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy dulces”, o algo más silencioso, no buscaba el espectáculo con estas frases, sino acostumbrarnos a la enormidad de la sabiduría y a sus múltiples formas, registros e intenciones, pero ese día escribió también, después, como para no dejarla en el aire, una frase más, esta vez era sefardí, “Me tomo las de Villadiego”, sí, típica aún en mi cultura anticuada de lector del ABC. Pues bien, entre la paciencia, el olor de los jazmines, y las de Villadiego, la golondrina de la lluvia recompuso en un instante en mi mente la leyenda del Corán celeste, guardado en una región incontrolada por los humanos quizás a medio camino entre Villadiego y al-Quds, entre el sufismo y Sefarad, ni en el Sur ni en la pizarra, pero sí entre siglos y maravillas.

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Unas gafas de John Lennon y un aceite mágico

Tardé increíblemente mucho tiempo en salir de ese salón de locos donde se sentaban escuchando a Hendrix una abogada rusa, un estudiante de Estrasburgo venido a menos y reconvertido en la producción musical, un trompetista francés que estaba con su novia, una inglesa de Ginebra que trabajaba en  un banco, un periodista español que sólo hablaba de tortillas de patatas y de la movida de Madrid, un aristócrata francés que tenía absorbidos a un grupito de admiradores escuchando atentamente sus misterios de la realeza europea y sus conexiones con la actividad política subversiva, un surfista que estudiaba medicina en Lausanne y prefería hacer de cocktelero antes de tener que soportar la letanía de príncipes rebeldes, mientras yo sólo estaba allí invitado por el dueño, un italiano metido en la fabricación de vinos sin alcohol que buscaba socios para introducirse en el mercado de los países árabes. La mitad de la cantidad producida era pésima, y yo sólo podía recomendarle perfeccionar el producto antes de lanzarse en alocadas cruzadas, pero creía que me ponía de parte de los defensores del alcohol, así que era mejor no contradecirlo demasiado, y por eso decía sí a todo, mientras Suzanne, su mujer, me servía nuevas dosis de aceite mágico en la ensalada de patatas que estaba aliñándome. Era un bufé canadiense, y yo llevaba inoportunamente un poco de taboulé, cuando la conversación que dominaba mezclaba la islamofobia con un neocapitalismo fantasista y bienintencionado. La verdad es que ni cuando defendí a Obama pude remediar los equívocos, pero no estuve realmente incómodo hasta el final, cuando ya la gente se mosqueó al enterarse de que a pesar de que estaba bebiendo cervezas, fuera musulmán. No lo entendían. Me tuve que ir despidiendo, no sin alivio, y al salir a la calle para coger un autobús de vuelta, sentí el suave placer del alcohol calentando mi cabeza.

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Tras los pasos de Isabel

Las torres de las iglesias, sus campanarios, las putas cristianas que se enfrentan al Todo Dios Padre y al mar de los moros al Sur y al Este peinan la memoria de Isabel, hija y nieta de un paraíso llamado cine italiano desaparecido por arte de mafia y egoísmo insaciable de los grandes que todo lo copan. Isabel camina a veces por México acompañando a Buñuel, a veces va por Francia a remolque de lo que haga Deneuve, y otras veces por la Calle Mayor que la obsesionó de joven. Las pantallas se han caído de los cines y las plumas ya no compiten en las redacciones, e Isabel maldice a Marcello, se queja de la lluvia y mercadea flores rotas en la tertulia del capitán jubilado. El mar gana nuevas regiones todos los días, con sus generosos pechos que envenenan la imaginación de los mentirosos y las azoteas de los ratones. Isabel contempla una flor en un vaso, hay molinos salmodiantes en todas las reservas de la luz, jamás consentirá Isabel que el bosque pierda el olor de las cuchillas, el color de las botellas, la virtud de las cantantes nostalgias veinteañeras. Isabel sabe que el tren para el creciente exotismo remontará éste y otros baches de la edad. Isabel saborea lentamente las viejas cintas de celuloide que ya no serán proyectadas porque no hay público, ni besos, ni butacas ni helados para esta función, ni para la siguiente, ni la siguiente. Pero Isabel no se detiene y esta vez la belleza de Isabel estalla, en un baile con orquesta triste como la lejía y sucia de jazzes como el polvo del tiempo, de la ausencia, jaleada Isabel por las estrellas del hotel que limpia el horizonte con sus luces tan, tan, tan americanas.

(la imagen de un cine cerrado en Manzanares el Real está sacada del blog Zaragozando)

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