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Declaración de intenciones de un insigne traductor

“The task which I imposed upon myself has not been confined to mere translation; but close attention has been given to the accurate reproduction of the critical portions, with the hope of contributing in some small degree to the diffusion of sound exegetical knowledge for the elucidation of one of the grandest and most practical books […]”

La tarea que me he impuesto no se ha limitado a una mera traducción, ya que se ha puesto un especial empeño en reproducir correctamente pasajes críticos, con la esperanza de que ello contribuya en alguna medida para que se difunda un conocimiento exegético sólido que permita comprender uno de los más grandes y prácticos libros… jamás escrito.

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¿Por qué el letrismo? I (Guy Debord)

Potlatch nº 22 – 9 de septiembre de 1955

¿POR QUÉ EL LETRISMO?

1

La última posguerra en Europa parece tener que ser definida sin más remedio como históricamente el periodo del fracaso generalizado de los intentos de cambio, tanto en el orden afectivo como en el orden político.

Cuando invenciones técnicas espectaculares multiplican las posibilidades de construcciones futuras, y simultáneamente los peligros de luchas sociales, asistimos a un estancamiento de las luchas sociales y, en el plano mental, a una reacción total contra el movimiento de descubrimiento que ha culminado en torno a 1930, cuando se asociaron las reivindicaciones más amplias al reconocimiento de los medios prácticos para imponerlas.

Como el ejercicio de esos medios revolucionarios ha demostrado ser decepcionante, en el periodo que fue del progreso del fascismo a la Segunda Guerra Mundial, el retroceso de las esperanzas que se les habían unido era inevitable.

Tras la liberación incompleta de 1944, la reacción intelectual y artística se desencadena en todas partes: la pintura abstracta, momento simplón de una evolución pictórica moderna donde no ocupa sino una lugar bastante ingrato, ha sido presentada por todos los medios publicitarios como el fundamento de una nueva estética. El alejandrino está abocado a un renacimiento proletario del que hubiera prescindido el proletariado como forma cultural con tanta soltura como prescindió de la cuadriga o del trirreme como medios de transporte. Subproductos de la escritura que causó escándalo, y que no habíamos querido leer, hace veinte años, obtienen una admiración efímera pero rotunda: poesía de Prévert o de Char, prosa de Gracq, teatro del cretino atroz Pichette, todos los demás. El Cine, donde los diferentes procedimientos de puesta en escena anecdótica son usados hasta la saciedad, proclama su porvenir en el plagiario De Sica, encuentra lo nuevo −el exotismo mejor dicho− en unas cuantas películas italianas donde la miseria ha impuesto una forma de rodar algo diferente de las costumbres hollywoodienses, pero tan lejos detrás de S. M. Eisenstein. Sabemos, además, a qué laboriosos tejemanejes fenomenológicos se dedican cietos profesores que, por otra parte, no bailan en los locales nocturnos [caves].

Delante de esta feria apagada y rentable, donde cada redicho tenía sus discípulos, cada regresión sus admiradores, cada remake sus fanáticos, solo un grupo manifestaba una oposición universal y un absoluto desprecio, en nombre de la superación obligatoria históricamente de esos antiguos valores.  Una especie de optimismo del invento cumplía la función de rechazo, y de afirmación más allá de esos rechazos. Había que reconocer, a pesar de sus muy diferentes intenciones, ese rol sanador que Dadá asumió en otra época. Se nos dirá tal vez que recomenzar un dadaísmo no era una empresa muy inteligente. Pero no se trataba de rehacer un dadaísmo. El gravísimo retroceso de la política revolucionaria, ligado al descalabro cegador de la estética obrera afirmada por la misma fase retrógrada, devolvía al confusionismo todo el terreno donde causaba estragos treinta años antes. En el plano del espíritu, la pequeña burguesía sigue detentando el poder. Después de algunas crisis rotundas su monopolio se ha extendido todavía más que antes: todo lo que se imprime actualmente en el mundo −ya sea la literatura capitalista,  la literatura del realismo socialista, la falsa vanguardia formalista dedicada a vivir de las formas caídas en el dominio público, o las agonías podridas y teosóficas de ciertos movimientos antaño emancipadores− se inscribe completamente en el espíritu pequeño-burgués. Bajo la presión de las realidades de esta época, será indispensable acabar con ese espíritu. Desde esta perspectiva, todos los medios son buenos.

Las provocaciones insoportables que el grupo letrista había lanzado, o preparaba (poesía reducida a letras, relato metagráfico, cine sin imágenes), desencadenaban una inflación mortal en las artes.

Nos sumamos a él entonces sin dudarlo.

[continuará en seis partes y una coda /colmo: págs. 194-203]

 

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El rascacielos por la raíz

En esta época cada vez más situada, en todos los ámbitos, bajo el signo de la represión, hay un hombre particularmente repugnante, mucho más poli que la media. Construye celdas unidades de habitación, construye una capital para los nepaleses, construye getos en vertical, construye morgues en un tiempo que bien las emplea, construye iglesias.

El “protestant modulor”, el Corbusier-Sing-Sing, el mamarachista de costras neocubistas pone en marcha la «máquina para vivir» para mayor gloria del Dios que ha hecho a su imagen las caroñas y los corbusiers.

No se toleraría que se olvidase que si el Urbanismo moderno no ha sido aún nunca un arte −y aún menos un marco donde vivir−, sin embargo siempre ha estado inspirado por las directrices de la Policía; y después de todo Haussmann no nos ha montado esos bulevares sino para traernos más cómodamente  cañones.

Pero hoy la cárcel se convierte en el habitáculo-modelo, y la moral cristiana triunfa sin réplica, cuando nos enteramos de que Le Corbusier ambiciona suprimir la calle. Porque lo enorgullece. He ahí su auténtico programa: la vida definitivamente partida en islotes cerrados, en sociedades vigiladas; el fin de las oportunidades de insurrección y de encuentros; la resignación automática. (Apuntemos de paso que la existencia de los automóviles le sirve a todo el mundo −salvo, por supuesto, a esos cuantos «económicamente débiles»−: el prefecto de la policía que acaba de morir, el inolvidable Baylot, declaraba en ese sentido después del último desfile del bachillerato, que las manifestaciones en la calle eran a partir de ahora incompatibles con las necesidades de la circulación. Y todos los años en la Fiesta Nacional, el 14 de Julio, nos lo demuestran.) Con Le Corbusier, los juegos y los conocimientos que podemos esperar recibir de una arquitectura realmente transformadora −el extrañamiento cotidiano− son sacrificados en el contenedor de la basura que nunca se utilizará para la Biblia reglamentaria, que ya está en su sitio en los hoteles de los EEUU. Hay que ser muy tonto para ver en ello una arquitectura moderna. No es más que un regreso en tromba del viejo mundo cristiano mal enterrado. A comienzos del siglo pasado, el místico lionés Pierre-Simon Ballanche, en su «Ciudad del as Expiaciones» −cuyas descripciones prefiguran las «ciudades radiantes»− ya había expresado este ideal para la existencia:

«La Ciudad de las Expiaciones debe ser una imagen viva de la ley monótona y triste de las vicisitudes humanas, de la ley implacable de las necesidades sociales: allí se debe atacar de frente todas las costumbres, hasta las más inocentes; es necesario que todo allí advierta constantemente de que nada es estable, y que la vida del hombre es un viaje a una tierra de exilio.»

Pero a nuestro modo de ver los viajes terrestres no son ni monótonos ni tristes; las leyes sociales no son implacables; las costumbres que hay que atacar de frente tienen que dar pie a una renovación sin parar de maravillas; y el primer confort que deseamos será la eliminación de las ideas de este tipo, y de las moscas que las propagan.

¿Qué podrá saber nunca Le Corbusier de las necesidades de los hombres?

Las catedrales ya no son blancas. Y por eso estáis viendo qué contentos estamos. El «ensoleamiento» y el lugar bajo el sol, ya sabemos a qué no suena −órganos y tambores M.R. P.[derecha de gobierno francesa, N. del T.]− y los pastos del cielo donde van a pastar los arquitectos difuntos. Quiten al buey, es vaca.

Internacional letrista

Potlatch nº 6, 20 de julio 1954 (1954, pp. 143-5)

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El mínimo de la vida

No se dirá nunca demasiadas veces que las reivindicaciones actuales del sindicalismo están condenadas al fracaso; debido menos a la división y a la dependencia de estos organismos reconocidos que a la indigencia de los programas.

No se les dirá nunca demasiadas veces a los trabajadores explotados que se trata de sus vidas insustituibles en las que todo podría realizarse; que se trata de sus años más bellos y que están pasando, sin ninguna alegría válida, sin tan siquiera haber tomado las armas.

No hay que pedir que se garantice o que se aumente el «mínimo vital», sino que se renuncie a mantener a las masas al mínimo de la vida. No basta con pedir sólo pan, sino también juegos.

En el «estatuto económico del obrero no cualificado», definido el año pasado por la Comisión de los convenios colectivos, estatuto que es una insoportable injuria a todo lo que aún cabe esperar del hombre, la parte del ocio —y de la cultura— se fija en una novela policíaca de la Serie Negra al mes.

No hay más evasión.

Y además, con su novela policíaca, tanto como con su Prensa y su Cine del otro lado del Atlántico, el régimen extiende sus cárceles, en las que no queda nada que ganar — y nada que perder que no sean sus cadenas.

La vida está pendiente de ser ganada allende.

No es la cuestión de los salarios la que hay que plantear, sino las de la condición estipulada para el pueblo en Occidente.

Hay que negarse a luchar dentro del sistema para obtener concesiones de  detalles inmediatamente cuestionadas o recuperadas en otro punto por el capitalismo. Lo que debe ser radicalmente planteado es el problema de la supervivencia o de la destrucción de este sistema.

No hay que hablar de entendimientos posibles, sino de realidades inaceptables: pregunten a los obreros argelinos de la fábrica Renault, ¿dónde están sus esparcimientos, y su país, y su dignidad, y sus mujeres?, pregúntenles, ¿qué esperanza pueden albergar? La lucha social no debe ser burocrática, sino apasionada. Para juzgar los resultados desastrosos del sindicalismo profesional, basta con analizar las huelgas espontáneas de agosto de 1953; la firmeza de la base; el sabotaje por las centrales oficiales: el abandono por parte de la CGT que no ha sabido provocar la huelga general ni utilizarla cuando se extendía victoriosamente. Al contrario, tenemos que concienciarnos de algunos hechos que pueden introducir pasión en el debate: el hecho por ejemplo de que por todas partes existan amigos nuestros, y que nos reconozcamos en su combate. El hecho también de que la vida pasa, y que no esperamos compensaciones, fuera de las que podamos inventar y construir nosotros mismos.

Es sólo una cuestión de valentía.

Para la Internacional letrista:

Michèle I. Bernstein, André-Frank Conord, Mohamed Dahou, G.-E. Debord, Jacques Fillon, Gil J Wolman.

Potlatch nº 4, 13 de julio de 1954, (1954, p. 142).

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Crítica a la insuficiencia de las ambiciones surrealistas

[…] Bueno, tengo cada vez más la certeza de que las ambiciones surrealistas, con todo su arsenal, no son sino un esfuerzo hacia una parte de lo que queremos.

-cfr. el poder que otorgaron a la poesía, su espera, el mustio ocultismo de su senilidad, su ignorancia total de de la Economía Política, su profunda incomprensión de la evolución de las artes, en la que por cierto participaron brillantemente. Pero es sintomático poder constatar que Breton no piensa nada, no sabe nada, no quiere decir nada a popósito de la novela, −del teatro−, de la música, [y muy poco sobre el Cine]. En estas disciplinas ignora a Joyce, ignora a Pirandello, ignora incluso a Erik Satie −cuya vida sin embargo le tocaría−. Del mismo modo nunca supo intervenir en estas artes sino con juicios de orden moral sobre la personalidad de los autores,  lo cual es estúpido (estoy de acuerdo en general con la posición moral del surrealismo, pero no con su uso confusionista en la crítica del arte). Por ejemplo Griffith, unos de los mayores creadores del cine, es racista. Al tipo habría que tumbarlo concretamente, pero El nacimiento de una nación, aunque elogie al Ku Klux Klan, es una de las diez mejores películas que se hayan hecho.

La misma impotencia empujaba recientemente a los jóvenes surrealisas (en el 51) a atacar a Bresson (el único director que se ha atrevido a tener el presentimiento, con debilidad, de una supremacía de la palabra sobre la imagen) porque su película era JOURNAL D’UN CURÉ DE CAMPAGNE. Nosotros defendimos a Bresson con bastante violencia, aunque personalmente me parece que su película es aburrida como la lluvia, y que efectivamente detesto que se haga una película sobre el clero. ¿Me sigues, no?

Todo esto para decir […] que el surrealismo no nos ha enseñado ni tan siquiera esa distancia del desprecio a la estética con la que jugaba, sino DADA.

Dada, y no el surrealismo, se reía con los recursos del poeta, y lanzó esa forma de pensar − y que a pesar de todo sigue siendo eficaz− que hoy comparte hasta el último cretino recién llegado: el eterno grano  de los [que están] en ruptura con el penúltimo conformismo y no pueden sino meterse de lleno en el último (de esta no saldremos vivos… gustarte o no gustarte fulano o mengano…) […] (1953, pp. 113-4).

 

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Manifiesto para una construcción de situaciones

Los gestos que hemos tenido la ocasión de realizar eran claramente insuficientes, hay que reconocerlo.

No nos apasionamos por los demás más que para despedirnos de ellos ruidosamente.

Nos hemos dedicado mucho tiempo a obtener botellas vacías, a partir de las llenas. La huelga general se ha podrido al cabo de tres semanas; la vuelta al trabajo señala una derrota más para la Revolución en Francia. Tendré veintidós años dentro de tres meses. Perder el tiempo. Ganarse la vida. Todas las burlas del vocabulario. Y promesas. Volveremos a vernos. Eso decís.

Y Vincent Van Gogh en su CAFÉ DE NUIT con el viento loco en las orejas. Y Pascin que se mató diciendo que había querido fundar una sociedad de príncipes, pero que no se podría llegar al quorum. Y tú, colegiala perdida; tu bella, tu triste juventud; y las nieves de Aubervilliers.

El universo en proceso de descomposición. E íbamos de bar en bar llevando de la mano a varias pequeñas niñas con fecha de caducidad como los estupefacientes de los que abusábamos naturalmente. Todo eso sólo era relativamente divertido.

Pero ¿qué será de ella en todos los puertos iluminados del verano, en todos los abandonos del mundo, en el envejecimiento del mundo?

NOS ACORDAREMOS DE ESTE PLANETA. Tan poco. Pasemos ahora a las cosas serias.

 

Nuestro tiempo ve morirse la Estética.

«Las artes comienzan, se ensanchan y desaparecen, porque hombres insatisfechos superan el mundo de las expresiones oficiales, y los festivales de su pobreza.» (Hurlements en faveur de Sade. Junio del 52).

Desde hace un siglo, todo proceder artístico parte de una reflexión sobre su materia, y acaba en una reducción aún más extrema de sus medios (explosión final de la palabra o del objeto pictórico. El Cine ha seguido el mismo proceso, acelerado por el precedente de las artes más antiguas).

El aislamiento de unas cuantas palabras de Mallarmé sobre el blanco dominante de una página, la huida que subraya la obra meteórica de Rimbaud, la deserción apasionada de Arthur Cravan atravesando los continentes, o el desenlace del Dadaísmo en la partida de Ajedrez de Marcel Duchamp son la etapas de una misma negación cuyo balance nos pertenece establecer hoy.

La Estética, como la Religión, podrá tardar tiempo en descomponerse. Pero las supervivencias no tienen ningún interés. Tenemos que denunciar sencillamente la esperanza que podría todavía ser depositada en aquellas soluciones retrógradas, y ese es el sentido de nuestra manifestación contra Chaplin, en octubre del 52.

El Arte Moderno presiente y reclama un más allá de la Estética, cuyas últimas variaciones formales no hacen sino anunciar su venida. En ese sentido la importancia del Surrealismo consiste en haber considerado a la poesía como un simple medio para acercarse a una vida escondida más válida. Pero la mañana no conserva sino pocas huellas de las construcciones oníricas inacabadas. Los años pasan burgueses esperando del «azar objetivo» improbables peatonas, inciertas revelaciones.

Dos generaciones no pueden vivir con el mismo stock de ilusiones.

El Letrismo de Isou ha sido una especie de Dadaísmo en positivo. Propone una creación ilimitada de artes nuevos, en base a mecanismos admitidos. En la inflación de valores explicados, el último interés que podían suscitar estas disciplinas rompe ese vínculo.

Las artes se acaban con sus últimas riquezas, o continúan por el comercio.

«Se crearán cada día formas nuevas; nadie se molestará en demostrarlas, en hacer explícita su resistencia mediante obras válidas… Se irá más lejos para descubrir otras fuentes seculares que a su vez serán abandonadas, en el mismo estado de virtualidad no explotada. El mundo rebosará de riquezas estéticas de las que no se sabrá qué hacer con ellas.» (Isou, Mémoires sur les forces futures des arts plastiques et sur leur mort. Marzo del 51)

Después del juicio crítico contra este academicismo idealista, y la exclusión de los que lo sostenían, yo escribía:

«Todas las artes son juegos vulgares, y que no cambian nada.» (Notice pour la Fédération française des ciné-clubs. Noviembre del 52)

Nuestro desprecio por la Estética no ha sido elegido. Al contrario, teníamos incluso facultades para que eso «nos gustase». Llegamos al final. Eso es todo.

En el límite de la Expresión, que consideramos a partir de ahora como una actividad secundaria, las últimas formas descubiertas participan a la vez en una conciencia clara de la extrema usura de la idea de comunicación, y en una voluntad de intervención en la existencia.

«Él desearía renovar el amor mediante una técnica fílmica nueva.» (Gil J Wolman. L’Anticoncept. Febrero del 52)

El Cine anticonceptual de Wolman consigue una obra mutable para cada reacción individual, mediante un ambiente visual y un juego vocal sin relación con el relato. El Arte avanza, entonces, partiendo de una forma dada, hacia un juego participativo.

He utilizado el la película Hurlements en faveur de Sade (empresa de terrorismo cinematográfico) una mayoría de frases malversadas: artículos del Código Civil, conversaciones anodinas, o citas de autores conocidos, que adquieren otro significado por su puesta en presencia.

La malversación de frases es la primera manifestación de las artes de acompañamiento sometidas a otro fin, entre las cuales vemos el único uso válido del pasado definitivamente cerrado de la Estética.

En la misma dirección Gaëtan M. Langlais ha escrito Jolie Cousette con diversos cortes de periódicos de cualquier procedencia. La no-relación no puede existir. Como en la aproximación arbitraria de una foto y de un texto (ilustración fotográfica de los nº 1 y 3 de la Internationale lettriste), la yuxtaposición de dos frases crea forzosamente un nuevo conjunto, impone siempre una explicación.

La novela en cuatro dimensiones de Gilles Ivain «sucederá en una veintena de obras ya publicadas… desbordará los marcos del HECHO literario para invadir y modificar violentamente la vida por todos los medios de los cuales el más sencillo será la imagen del fenómeno de inducción magnética. La novela será un corpus en cuatro dimensiones de signos gravados y de imágenes-llave. La novela esbozará nuevas matemáticas de situaciones o no será.» (Gillespie. Se publicará en la ediciones Julliard.)

Nuestra acción en las artes no es más que un esbozo de una soberanía que deseamos tener sobre nuestras aventuras, entregadas a azares comunes.

Estas obras en marcha son solamente investigaciones para una acción directa en la vida cotidiana.

En un universo pragmático, la intención profunda de la Estética ha sido bastante menos sobrevivir que vivir absolutamente.

Con nosotros verdaderamente  «la poesía debe tener como fin la verdad práctica».

El mismo afán por tomar los seres y sus encaminamientos domina todo este fin de la Estética, desde la proclamación inicial de Wolman: «La nueva generación no dejará nada más al azar» hasta la metagrafía influyente de Gilles Ivain.

 

El Decorado nos colma y nos determina. Incluso en el estado actual bastante lamentable de las construcciones de las ciudades, está generalmente muy por encima de los actos que contiene, actos encerrados en las líneas imbéciles de las morales y de las eficacias primarias.

HAY QUE LLEGAR A UN EXTRAÑAMIENTO MEDIANTE EL URBANISMO,  a un urbanismo no utilitario, o más exactamente concebido en función de otro uso.

La construcción de marcos nuevos es la condición primera de otras actitudes, de otras comprensiones del mundo.

El mismo deseo sigue su curso subterráneo durante varios siglos de esfuerzos liberadores, desde los castillos inaccesibles descritos por Sade hasta las alusiones de los surrealistas a casas complicadas con largos pasillos oscurecidos donde hubieran querido vivir.

El encanto −en el sentido más fuerte− que siguen ejerciendo los grandes castillos del pasado, los pueblos rodeados con empalizadas de los bellos tiempos del Far West, las casa inquietantes del puerto de Londres −sótanos comunicando con el Támesis− o los dédalos de los templos de la India no debe ser abandonado por una débil evocación periódica en los cines, sino utilizado en construcciones nuevas concretas.

El prestigio que Les Enfants terribles [novela de Cocteau, N. del T.] tenía para toda una generación se explica al fin y al cabo por el clima creado por una construcción inusitada de un lugar, y la decisión de vivir exclusivamente en él: una habitación abstracta, una ciudad china con murallas de biombos. «Una sola habitación isla desierta rodeada de linóleo» (pág. 163). Una frase del libro desvela claramente todas las oportunidades de aventuras contenidas en una casa, a raíz de un «error» en los planos clásicos de la arquitectura: «Había notado una de sus virtudes, y no la menor: la galería se desviaba en todos los sentidos. como un navío amarrado sólo a un ancla. Cuando uno se encontraba en cualquier otra habitación se hacía imposible situarla y, cuando se entraba en ella, también era imposible darse cuenta de su posición con respecto a las otras habitaciones» (pág. 159).

La nueva arquitectura debe condicionarlo todo:

Una nueva forma de concebir el amueblar, el espacio y la decoración de cada habitación. Un nuevo uso de las sensaciones térmicas, de los olores, del silencio y de la estereofonía. Una nueva imagen de la Casa (escaleras, sótanos, pasillos, aberturas) que va a extenderse a la noción de complejo arquitectónico, unidad más amplia que la casa actual, y que será la reunión de todos los edificios −separados del exterior de forma nítida− contibuyendo a crear un clima, o un choque entre varios climas.

Logrando entonces usar otras artes, tomadas en cualquiera de sus fases pasadas como objetos prácticos de acompañamiento, la arquitectura se convertirá de nuevo en esa síntesis directriz de las artes que caracterizaba a las grandes épocas de la Estética.

Todos los ejemplos ya vistos para estos complejos introducen a todas luces una arquitectura barroca, al mismo tiempo contra el género «presentación armoniosa de las formas» y contra el género «máximo confort para todos».

(¿Qué sospechará el señor Le Corbusier que pueden ser las necesidades de los hombres?)

La Arquitectura en tanto que arte sólo existe  evadiéndose de su noción utilitaria básica: la Habitabilidad.

Es bastante sintomático constatar cómo en esta disciplina, en la que tantas obras se han visto limitadas por una intencionalidad utilitaria (buildings gigantes para alojar a la mayor cantidad de gente posible o catedrales para rezar), la dirección al la vez gratuita e influyente de la que hablo viene anunciada desde hace algún tiempo por el maravilloso PALAIS IDÉAL del facteur Cheval, sin duda mucho más importante que el Partenón y Notre-Dame  reunidos; y también por las realizaciones sorprendentes que permite el último punto de la técnica del material: muros en aire comprimido, techos de cristal, etc.

La reciente aparición en América de casas intimamente mezcladas con la vegetación circundante va también en la dirección previsible de nuestro urbanismo, que será una yuxtaposición desalentadora de la naturaleza en estado salvaje y de los complejos arquitectónicos más refinados, en los barrios céntricos de las ciudades.

Este esfuerzo podrá desarrollarse por dos vías paralelas: creación de ciudades en las condiciones geográficas y climáticas más favorables. Acondicionamiento de las ciudades preexistentes, algunas de las cuales, como París, permiten ir ya sintiendo mucho de ese futuro.  (Lugares como la place Dauphine o la cour de Rohan son una base muy atractiva para un complejo arquitectónico.) El Urbanismo nuevo tendrá que integrar las formas de las construcciones antiguas, y construir otras absolutamente inéditas.

Los barrios de las ciudades permitirán, con su diversidad y su oposición (cfr. el proyecto de Gilles Ivain para barrios-estados de ánimo [Formulaire pour un urbanisme nouveau, informe de Gilles Ivain (Ivan Chtcheglov) asumido por la Internacional Letrista en octublre de 1953. G. del E., N. del T.]), viajar durante mucho tiempo en una sola aglomeración sin agotarla y más bien descubriéndose uno a sí mismo.

El Urbanismo entendido como medio de conocimiento anexionará todos los ámbitos menores que dejan de preocuparnos en estos momentos en cuanto  a lo que son. Utilizará al mismo tiempo el último estadio de las artes plásticas para decorar sus calles, sus plazas, sus descampados, sus bosques repentinos, y los resultados de la Poesía relegada para nombrarlos (Alameda Jack el Destripador. Barrio Noble y Trágico. Calle de los Castillos de Luis II de Baviera. Bocacalle del Perro Andaluz. Palacio de Gilles de Rais. Calle Censurada. Camino de la Droga). Hará el mejor uso posible de las luces a través de las ventanas, de las calles totalmente negras, de los ríos disimulados y de los laberintos abiertos de noche.

El porvenir está, si se quiere, en unos Luna-Park levantados por muy grandes poetas.

Para retomar la cuestión de las ciudades actuales, varios barrios pueden ser malversados muy rápidamente de su uso. En París la isla Saint-Louis puede conservarse tal y como está pero haciendo explotar los puentes, y que esté poblada en total por un veintenar de habitantes, nómadas entre todos los apartamentos desiertos. Ciertos anacronismos suntuarios de hoy en día cuestan más caro.

Todavía más rápido, se pueden utilizar ciertos sorprendentes neones publicitarios como: MATADEROS, ABORTOS, RESTAURANTE MUY MALO.

Ya que ¿por qué se excluiría el humor?

Es evidente que estas ciudades se extenderán con la evolución de la condición actual el hombre.

 

El Destino es Económico. Lo que le sucederá a los hombres, su deseos, sus «deberes», han sido totalmente acondicionados por una mentalidad de subsistencia.

La evolución maquinista y la multiplicación de los valores producidos van a permitir nuevas condiciones de comportamientos, y las reclaman desde ya, cuando el problema de los ocios comienza a plantearse con una urgencia sensible para todo el mundo. La organización de los ocios, para una multitud que está un poco menos ceñida a un trabajo ininterrumpido, es ya una necesidad del Estado; incluso cuando estas personas se contentan con entretenimientos del tipo del Parc des Princes, para sus domingos siniestros.

Después de varios años dedicados a no hacer nada en el sentido común del término, nosotros sí que podemos hablar de nuestra actitud social de vanguardia, porque en una sociedad todavía provisionalmente fundada en su producción, no hemos querido preocuparnos seriamente por nada que no fueran sus ocios.

Convencidos de que las únicas cuestiones importantes del porvenir tendrán que ver con el JUEGO, a medida que el abandono de los valores absolutos de las morales y de los gestos vaya creciendo, hemos jugado con esta espera atravesando las calles pobres de lo hechos permitidos; en los bosques de ladrillos del quai Saint-Bernard, para el cual rehacíamos el bosque.

Pero al aplicar a estos hechos nuevas intenciones de investigaciones −un método cuyo discurso aún no está escrito− se podrán deducir leyes, vagamente intuidas en presentimientos, de las únicas construcciones que en definitiva siguen importándonos: SITUACIONES TRASTORNADORAS DE TODOS LOS INSTANTES.

La Internacional letrista publicaba en febrero del 53 una octavilla cuya agresividad en su totalidad se justificaba en su última frase: «Las relaciones humanas deben tener su fundamento en la pasión, si no en el Terror.»

Esta pasión que es de todas formas difícil del encontrar en nuestras «frecuentaciones» (sabemos con qué están hechas esas cosas, como decía terriblemente Jacques Rigaut), queremos situarla en la renovación constante del mundo; en la que los desconocidos se encontrarían en todas partes, se irían sin creérselo jamás, simplemente entre lo trágico y las maravillas de sus paseos terrestres.

«Todas las hijas arborescentes de la calle tienen un pasado, entonces ¿cuándo nos libraremos de la vírgenes perpetuas sin memoria y que no hablan?» (Gil J Wolman. L’Anticoncept.)

Ese deseo de una vida más cierta, simplemente jugada, es contemporáneo de una pérdida de importancia de los temas clásicos de la pasión.

«Habremos determinado juegos nuevos y cuál será su futuro antes de que hayáis alcanzado la edad para llorar seriamente por pequeñas cosas.» (Première lettre à Missoum, sur le détournement des mineures)

A esta superación le hace eco la definición de Gilles Ivain:

«El continente elegido como juguete.»

(Recientemente Gil J Wolman me recordaba que una vez le había confesado: «Nunca he sabido hacer otra cosa que jugar.» Creo que esta verdad tendrá que ser, después de todos los trucajes igualmente inútiles del afecto o de la hostilidad, el último juicio con respecto a mí.)

Esparcidos por el siglo, hay signos de un nuevo comportamiento que se manifiestan. Gritan en el alboroto. AL MARGEN de la Historia, de esas bombas que han soltado las pequeñas nihilistas rusas ahorcadas a los quince años; o en el relato cerrado de los Enfants terribles y su incesto no realizado, o en la forma de vivir emocionante y burlesca de algunas personas que he conocido muy bien.

Hay que establecer una descripción completa de esos comportamientos y encontrar sus leyes.

La pista de una vida gratuita ha sido señalada varias veces, y ciertos viajeros con prisas la han seguido sin que regresaran nunca, como Jacques Vaché que escribía: «Mi objetivo actual es llevar una camisa roja, un fular[*]

(FALTA LA CONTINUACIÓN)

(1953, págs. 105-113)

[* La cita completa es «Mi sueño actual es llevar una camiseta roja, un fular rojo y botas de montar, y ser miembro de una sociedad china sin finalidad y secreta en Australia.» (Carta de Jacques Vaché a André Breton del 11 de octubre de 1916 (G. del E., N. del T.)]

 

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Para acabar con el confort nihilista

Sabemos que todas las realizaciones nuevas son propiamente provisionales, y siempre demasiado escasas como para satisfacernos. Las defendemos porque no tenemos nada mejor que hacer; y porque, a fin de cuentas, es nuestra oficio.

Pero no podemos permitirnos la indiferencia ante los ahogadores valores del presente; porque éstos vienen garantizados por una Sociedad de cárceles, y porque vivimos a las puertas de las cárceles.

No queremos participar bajo ningún concepto, aceptar callarnos, aceptar.

Aunque sólo fuera por orgullo, no nos complace parecernos a demasiada gente.

El vino tinto y la negación en los bares, las primeras verdades de la desesperación no serán el culmen de estas vidas tan difíciles de defender contra las trampas del silencio, las cien maneras de RECOGERSE.

Más allá de esa carencia que siempre hemos sentido, más allá de la inevitable e imperdonable destrucción de todo lo que hemos amado, el juego sigue abierto, aquí estamos. Toda forma de propaganda será por tanto buena.

Es nuestro deber promover una insurrección que nos incumba, en consonancia con nuestras reivindicaciones.

Es nuestro deber dar testimonio de una cierta idea de la felicidad aún cuando la hayamos conocido perdedora, idea a la que todo programa revolucionario tendrá que amoldarse desde el primer momento. (1953, p. 101)

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