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Sobre los dos caminos para lograr el éxito

En general, se puede decir que existen dos caminos para lograr el éxito en los negocios o en cualquier otro proyecto que uno emprenda en la vida: o contar con un conocimiento extraordinariamente profundo y preciso en algún ámbito determinado, es decir, el camino del experto, por así decirlo. . ., o contar con esa seguridad inocente y onírica del extranjero que carece de contactos y que, sin ningún conocimiento previo, se acerca hoy a cien vagones de conservas de leche y mañana a la producción y distribución de libretos de opereta. Estos dos puntos de partida diametralmente opuestos son los más seguros. Cualquier solución intermedia será más débil.

Los demonios, de Heimito von Doderer. Traducción de Roberto Bravo de la Varga. Acantilado. Barcelona, 2009, p. 516.

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Sobre un oficio mal pagado

[…] Está usted en una edad en la que otros hombres ya se han asegurado una forma de ganarse la vida desde hace mucho. Según me dice su señora madre, con la que he intercambiado alguna que otra carta en determinadas ocasiones, su situación está muy lejos de ser estable… En otras palabras, su profesión no acaba de procurarle lo necesario para subsistir, o no se lo procura de una forma continua y regular. Naturalmente, no intento despreciar ni estoy diciendo nada contra el valor intrínseco y perdurable de su trabajo… Pero, bueno, no creo que ande muy errado al suponer que esta situación le resulta angustiosa, sobre todo porque todavía se ve obligado a recibir ayuda de su buena madre.

Los demonios, de Heimito von Doderer. Traducción de Roberto Bravo de la Varga Acantilado. Barcelona, 2009, p. 383.

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Sobre el fracaso de la inteligencia

La inteligencia – y aquí se encontraba el auténtico centro, la verdadera raíz de su amargura – había fracasado, no había podido impedir la Guerra Mundial ni su desdichado desenlace. La inteligencia había hablado por el pueblo sin voz, había hecho un uso perverso de su lengua, predicando la locura. Había un odio generalizado contra cualquier tipo de autoridad, que estallaba en cuanto ésta se insinuara. No se limitaba a rezongar de mal humor, reaccionaba groseramente en señal de protesta. En cierto hospital, un paciente con mucha conciencia de clase, aunque con poca formación en el socialismo, se encaró con un famoso cirujano y le dejó muy claro lo que pensaba; le dijo que un profesor no debía recibir en modo alguno un salario mayor que el que le correspondía a quien se ocupaba de la calefacción de una casa. Ambos eran obreros, uno no era más importante ni más valioso que el otro.

Los demonios, de Heimito von Doderer. Traducción de Roberto Bravo de la Varga Acantilado. Barcelona, 2009, p. 175.

Reseña de José María Guelbenzu en El País.

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