El mínimo de la vida

No se dirá nunca demasiadas veces que las reivindicaciones actuales del sindicalismo están condenadas al fracaso; debido menos a la división y a la dependencia de estos organismos reconocidos que a la indigencia de los programas.

No se les dirá nunca demasiadas veces a los trabajadores explotados que se trata de sus vidas insustituibles en las que todo podría realizarse; que se trata de sus años más bellos y que están pasando, sin ninguna alegría válida, sin tan siquiera haber tomado las armas.

No hay que pedir que se garantice o que se aumente el «mínimo vital», sino que se renuncie a mantener a las masas al mínimo de la vida. No basta con pedir sólo pan, sino también juegos.

En el «estatuto económico del obrero no cualificado», definido el año pasado por la Comisión de los convenios colectivos, estatuto que es una insoportable injuria a todo lo que aún cabe esperar del hombre, la parte del ocio —y de la cultura— se fija en una novela policíaca de la Serie Negra al mes.

No hay más evasión.

Y además, con su novela policíaca, tanto como con su Prensa y su Cine del otro lado del Atlántico, el régimen extiende sus cárceles, en las que no queda nada que ganar — y nada que perder que no sean sus cadenas.

La vida está pendiente de ser ganada allende.

No es la cuestión de los salarios la que hay que plantear, sino las de la condición estipulada para el pueblo en Occidente.

Hay que negarse a luchar dentro del sistema para obtener concesiones de  detalles inmediatamente cuestionadas o recuperadas en otro punto por el capitalismo. Lo que debe ser radicalmente planteado es el problema de la supervivencia o de la destrucción de este sistema.

No hay que hablar de entendimientos posibles, sino de realidades inaceptables: pregunten a los obreros argelinos de la fábrica Renault, ¿dónde están sus esparcimientos, y su país, y su dignidad, y sus mujeres?, pregúntenles, ¿qué esperanza pueden albergar? La lucha social no debe ser burocrática, sino apasionada. Para juzgar los resultados desastrosos del sindicalismo profesional, basta con analizar las huelgas espontáneas de agosto de 1953; la firmeza de la base; el sabotaje por las centrales oficiales: el abandono por parte de la CGT que no ha sabido provocar la huelga general ni utilizarla cuando se extendía victoriosamente. Al contrario, tenemos que concienciarnos de algunos hechos que pueden introducir pasión en el debate: el hecho por ejemplo de que por todas partes existan amigos nuestros, y que nos reconozcamos en su combate. El hecho también de que la vida pasa, y que no esperamos compensaciones, fuera de las que podamos inventar y construir nosotros mismos.

Es sólo una cuestión de valentía.

Para la Internacional letrista:

Michèle I. Bernstein, André-Frank Conord, Mohamed Dahou, G.-E. Debord, Jacques Fillon, Gil J Wolman.

Potlatch nº 4, 13 de julio de 1954, (1954, p. 142).

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Archivado bajo Guy Debord, Potlatch, situjihadism, traducción original

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